Nadie al volante | Modern Love y los tipos de amor

La protagonista de una de las historias de Modern Love, una mujer bien vestida y peinada, sostiene un paraguas con aire melancólico

Modern Love, la serie

Modern Love es una serie que podemos ver en Amazon Prime, de ocho episodios autoconclusivos que, en media hora por capítulo, llevan a la pantalla los ensayos publicados en la columna, del mismo nombre, en el diario “The New York Times”. Todos los ensayos los tenéis disponibles en nuestra web, aunque algunos no están publicados en español, sólo en el inglés original.

He estado observando que es una serie que dependiendo del momento vital por el que estés pasando, se ven unas cosas u otras, ya que la columna, y por lo tanto la serie, va a explorar diferentes aspectos de la vida actual de nuestra sociedad occidental urbana y relaciones sentimentales. De ahí el nombre, pienso, Modern Love.

Algunas nos parecerán cercanas e incluso nos podremos identificar con ellas, y otras nos parecerán extrañas, alejadas o fuera de lugar. Porque para conectar con algunos temas hay que haber vivido la situación, aunque que sea en tercera persona.

He escuchado análisis en podcast llevados adelante por gente que interpreta y aprecia los episodios de forma diametralmente a mí, y sospecho que es porque sintoniza con situaciones y aspectos personales diferentes.

Y todo esto sin entrar en si está bien construido el guión o sus personajes, si los actores transmiten bien el mensaje o las emociones, o si la dirección lleva por buen camino la historia. Mismo contenido, con diferentes espectadores, lleva a sitios diferentes.

Generalizando un pensamiento del fotógrafo Ansel Adams aquí es más cierto que nunca que “Hay siempre dos personas en toda obra de arte: el artista y el espectador”. Y las dos influyen sobre la obra, o creando o interpretando.

Aquí es donde pienso que, lo que para algunas personas Modern Love es una colección de mini comedias románticas cuquis a lo Notting Hill o Love Actually (donde lo más o menos interesante es la historia que cuentan) para otros es un ejercicio de identificación con los personajes y sus conflictos. Y ambos tendrían razón excepto cuando se ponen a pontificar de forma absoluta.

Así pues, y que sirva como aviso a navegantes, más allá de las apreciaciones que hagamos en temas de salud mental, o desde el punto de vista de la psicología, que sepan volanteras y volanteros, que los aquí sentados somos personas de entre 35 y 45 años con hijos. Para que se sepa cuál es nuestro marco vital y desde dónde hemos visto la serie.

Análisis de los episodios

A continuación disponéis de los textos creados para el programa de Nadie al Volante, que contienen los resúmenes y apreciaciones de Josevi. Para acceder al resto de contenido del podcast, deberéis escucharlo.

Cuando el portero es tu mejor amigo

Quizá uno de los relatos más sencillos, pero a la vez más “de verdad” de la serie. Una historia sobre acompañamiento, lo que actualmente se podría llamar “tribu”, una familia horizontal que va más allá de los límites del apartamento donde vivimos.

Guzmin es el portero de un edificio lujoso de Nueva York, y Maggie es una mujer soltera que de vez en cuando tiene citas… como cualquier mujer soltera más o menos normal.

Guzmin, que es un señor mayor Albanés que pasó 20 años en un campo de trabajos forzados, tiene una visión muy relativa de la vida. Las cosas vienen como vienen y podemos aceptarlas o sufrirlas. Además ha aprendido a leer muy bien a las personas.

Desde esta experiencia y peso, Guzmin va a opinar sobre las citas que tiene Maggie… habitualmente con desconfianza y habitualmente de forma certera.

En un momento dado Maggie se va a quedar embarazada y va a decidir tener al bebé, sola,  no sin dudas y no sin miedo, pero Guzmin va a mantenerse junto a Maggie, de forma amable e incondicional.

De esta forma la niña va a crecer no sólo con su madre, sino también siendo cuidada por Guzmin, de la forma sobria y contenida con la que siempre ha sido, pero desde el respeto, la honestidad y el cariño sincero.

En un momento dado Maggie y su hija se tienen que mudar y se tienen que despedir de Guzmin.

Pocos años más tarde, Maggie y su hija vuelven a visitar a Guzmin para que éste le dé su aprobación sobre su actual pareja, y él les dará el consentimiento, no sin revelar que nunca se fijaba en ellos, sino en ella, para saber si era el chico que le convenía.

El episodio se cierra con una visita de Guzmin, Maggie y la niña al museo al que solía ir el portero cuando tenía que cuidar de la niña si la madre no podía quedarse con ella.

De este episodio me quedo con la idea de la crianza horizontal, un término que seguramente habré leído en algún lugar y he hecho mío porque me conozco y no soy tan listo como para inventarme algo tan guay.

Mi experiencia me dice que la crianza en solitario, o como mínimo de forma “nuclear” estricta que estamos haciendo ahora es, no insuficiente, sino directamente imposible si queremos conservar la salud mental de todos los miembros de la familia. Necesitamos ayuda y necesitamos que las familias trasciendan de las paredes de las casas. Pero soy consciente de que eso es complicado de ubicar en el estilo de vida actual.

Por otro lado me parece muy interesante un punto que no viene del relato en el que se basa este episodio.

El punto del final, lo que revela Guzmin de que no miraba a los chicos, sino los ojos de ella para opinar me parece que encierra un punto muy interesante que yo utilizo en terapia.

Sobretodo cuando hablo con personas que están en un proceso de reencuentro consigo mismo, que están explorando aspectos propios o que están intentando aclararse en temas relacionados con decisiones vitales o relaciones con otras personas.

Y es que cuando sabes mirar, puedes observar un brillo especial en los ojos de la gente en el momento que hacen contacto con ellas mismas. Es como si cuando hacemos y sentimos cosas de verdad, nos ponemos… más guapos. Y como he dicho, eso se ve si sabes mirar.

Cuando Cupido es una periodista curiosa

En esta historia, una periodista está haciendo una entrevista a un jóven empresario que acaba de crear una aplicación de citas tipo Tinder que promete tener un algoritmo interno que busca a tu pareja perfecta.

Cuando la reportera le pregunta si alguna vez ha estado enamorado, éste le cuenta a micrófono cerrado que sí, pero que no la había tratado como debería y la había perdido. Seguía amándola pero ya era tarde.

A raíz de esta historia, la periodista le cuenta que en su juventud ella había tenido una historia con un hombre en París, pero que inexplicablemente se cortó el contacto porque faltó a una cita y ella se tuvo que ir de París. Ella siguió su vida, tuvo otra pareja e incluso tuvo hijos, pero no fue lo mismo.

La reportera escribe el artículo mencionando a esta chica, y cuando la chica lee el artículo y se da cuenta de que él sigue enamorado de ella, cancela una boda que llevaba retrasándose casi dos años y queda con él…

Por otra parte la reportera coincide con su antiguo romance en una presentación de libros y él le cuenta que no había podido acudir a la cita porque perdió el número de teléfono que ella le había anotado en un libro que por desgracia le robaron en el tren.

Tras una noche de reencuentro en el que pueden cerrar aquella historia que había quedado abierta 20 años atrás, él vuelve a su casa con ánimo de arreglar un matrimonio que se había vuelto aburrido, y ella vuelve a casa decidida a plantear a su marido una ruptura que debía haberse producido hace tiempo.

En este episodio de apenas media hora ocurren muchas más cosas y mejor contadas que la mayoría de las comedias románticas hollywoodienses. Además deja entrever aspectos culturales que está marcando la generación. Hace unas semanas leía que hasta el 40% de las nuevas parejas en Estados Unidos se crean gracias a aplicaciones informáticas, lo cual si os digo la verdad, me pillan muy mayor.

De hecho en consulta no se me ocurre recomendar a personas que vienen con una necesidad de buscar pareja el que se abran una cuenta en Tinder, Meetic o eDarling. Suelo recomendar que vayan a alguna asociación de actividades de ocio y tiempo libre o de voluntariado, si tienen hijos, que se apunten al AMPA de su colegio, o si tienen intereses políticos, que se apunten a un partido político o un sindicato. Llámame antiguo.

Por otro lado no creo demasiado en medias naranjas o el destino, sino que más bien pienso que se puede ser perfectamente feliz como pareja con casi cualquier persona de quien te enamores, a ser posible que sea sana en cuerpo y mente y que tenga un entorno más o menos estable… y aun así nos sorprenderíamos en las condiciones en las que puede florecer la felicidad, como diría Seligman.

Acéptame como soy, sea quien sea

Definitivamente el episodio de Modern Love más polémico, el primero que vió Elena y posiblemente el momento en el que la perdimos para siempre.

Esta historia protagonizada por Anne Hathaway, y abanderada de esta serie, narra  la historia de una abogada que vemos estar rellenando el perfil de una web de citas y cuando toca rellenar el difícil apartado “sobre mi”, dice padecer un trastorno bipolar de ciclos ultrarápidos. 

Pasa unas semanas en fase maníaca y semanas en fase depresiva. Esto va a hacer que tenga periodos de excelencia en los ámbitos laborales, sociales y románticos, de hecho el episodio comienza como si fuera una escena de La La Land o El Otro Lado de la Cama mientras se liga a un señor en la sección de fruta del supermercado, pero al llegar a casa caerá en depresión y no saldrá de la cama hasta varios días después, y porque el chico que ha conocido en el súper llama a la puerta porque habían concertado una cita.

A los días ella vuelve a tener una fase maníaca, le llama a las 6 de la mañana por teléfono y consigue quedar para esa misma tarde, arregla todo el piso que estaba hecho unos zorros por haber pasado varias semanas sin salir de casa, se viste, peina y maquilla con la película de Gilda de fondo y resuena en ella la frase de Rita Hayworth “los hombres que conozco se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo”.

Justo cuando se está terminando de maquillar, empieza a notar como vuelve a entrar en fase de depresión, y acaba acurrucada en el cuarto de aseo y llorando mientras su cita, cansado de llamar al timbre, se marcha definitivamente.

A pesar de su depresión, es capaz de ir a recoger sus cosas a la oficina donde trabaja porque es despedida y justo antes de irse, una compañera de trabajo con quien se llevaba bien le invita a tomar un café… ella destruída le revela que padece este trastorno desde niña, pero que aprendió a compensar sus períodos de depresión con sus períodos de manía… Y que esta era la primera vez que se lo decía a nadie. La amiga decide apoyarla de forma incondicional.

Así pues, esta sería sobretodo una historia de amor propio, de descubrimiento personal y aceptación… ¿problema?

Que está todo montado en base a una mentira. Y es peligrosa porque está consolidándose la idea de que un trastorno bipolar es eso… y es mentira. Eso no es un trastorno bipolar, no existe la bipolaridad como hemos escuchado y leído por ahí. Y sólo hace alimentar la confusión que existe en torno a este trastorno que además ya se confundía con el Trastorno Límite de Personalidad.

¿Cómo historia? justa, muy justa… ¿Como contenido relacionado con la salud mental? Absolutamente lamentable y contraproducente. Sobretodo porque he escuchado a gente que se le otorga cierto conocimiento en series que piensa que este es el mejor episodio… a este grado de peligrosidad llegamos, porque ellos son referentes y no tienen por qué saber de salud mental, pero los productores de la serie si deberían haber hecho un buen trabajo de documentación.

Al menos, y para disculpar la serie, si eso es posible, es muy fiel al relato original del New York Times, pero eso significa que tenemos dos culpables en vez de uno.

Luchando por mantener la llama viva

En esta historia vemos a una pareja cuyos hijos son ya adolescentes, acudir a una terapia de pareja, que no va demasiado bien. El episodio comienza con ella renunciando a la lucha por mejorar el matrimonio, y él aceptando la derrota conjunta. Habían estado yendo a terapia de pareja para intentar salvar su matrimonio y no lo habían conseguido. Así que tocaba abandonar esa lucha y aceptando que su matrimonio estaba roto. Con disgusto pero con serenidad.

En este capítulo se va a hacer un repaso de qué motivos han llevado a la pareja a necesitar terapia de pareja, la distancia emocional, el trabajo de él y su costumbre de no incluirla a ella en los planes, los desacuerdos, actitudes de desafío y zancadillas para confirmar que el otro está equivocado. No hay grandes desacuerdos ni traiciones que lleven a una ruptura, no ha habido una chispa que encienda la mecha, ni gota que haya colmado el vaso, pero tampoco acuerdos y acercamientos que mantenga la relación viva. Y eso es lo que ha ocurrido.

Tras admitir la ruptura, deciden ir a cenar, por última vez, y allí, ella decide, desde la calma que da no tener que luchar por nada, porque ya todo está perdido, decirle sin tapujos cuales han sido todas esas cosas que la han apartado de él… y él lo admite todo y le pide perdón. Le dice que ojalá pudiera volver atrás para hacer las cosas de diferente manera, pero que sabe que eso es imposible.

Se llevan bien, y tienen dos hijos en común, pero ya no tienen nada romántico entre ellos. Y deciden seguir juntos por los hijos, ambos, jugando como una pareja de verdad, al menos hasta que los niños, más pronto que tarde porque son adolescentes, acaben abandonando el nido.

Y va a ser precisamente desde la calma de la derrota, cuando ya no se juegan nada, cuando tienen un proyecto común y desaparece la presión, la competición, la desigualdad, cuando van a ser capaces de querer seguir en el juego.

El relato en el que se basa esta historia no está en castellano, y en inglés está bajo suscripción, pero es muy barato, 1$ por semana, con las cuatro primeras gratis, y si eres avispado, puedes copiar el texto antes de que salte el popup de la suscripción y pegarlo en un word para leerlo con tranquilidad.

Pues bien… el texto original es precioso. Con mi inglés de la EGB mejorado gracias a ver series en Versión Original, he podido leerlo y me ha encantado. Pienso que transmite mucho mejor el mensaje que la serie y lo tengo guardado y a buen recaudo porque lo quiero para mi para siempre, no sólo en el ámbito profesional, sino también en el personal.

¿Me he puesto tierno? Es posible. Pero por consulta pasan demasiadas personas en situaciones similares como para no verle las orejas al lobo.

En el hospital, un interludio de claridad

Una de las historias más flojas si buscamos una historia de amor. En esta ocasión nos encontramos con un chico más bien del montón que parece que ha ligado con una chica de las que atrae las miradas en el metro, y a ella no le parece importar, más bien lo provoca.

Casi salida de las páginas de una revista de moda, y con miles de seguidores en Instagram con lo que comenta e interactúa a cada momento, esta chica acaba en el piso de un chico algo mayor que ella, algo neurótico, con la autoestima justa y dando gracias a los dioses porque alguien como ella haya accedido a ir a su piso.

Un piso en el que todo está manga por hombro porque se acaba de mudar, y en el momento en el que ellos empiezan a juguetear y ella va al aseo para ponerse más “cómoda”, él resbala y cae sobre una copa de cristal que le produce una profunda herida en el brazo. Tienen que llamar a los servicios de emergencia y acudir al hospital.

Durante el trayecto en el hospital le hacen preguntas incómodas para responder delante de su ligue, como su edad, si toma medicación, o si la persona que le acompaña es su pareja. Aquí se evaporan las esperanzas de él de que esto fuera algo más que una cita.

Sin embargo ella le va a estar acompañando durante las 6 horas que van a estar en el hospital, va a estar en el postoperatorio, va a empujar la silla de ruedas de vuelta de la cafetería, le va a ayudar a vestirse, y van a hablar de presente y pasado, ya sin la presión de tener que aparentar una perfección o un atractivo. Sin máscaras ni papeles que interpretar.

Cuando salen del hospital, ella le revela que en realidad es una chica insegura, con gafas y extensiones, que juega desde adolescente a compensar sus faltas con flirteos, a mostrar lo que la gente quiere ver.

Este episodio va sobre las personas, de los papeles que interpretamos ante los demás y ante nosotros mismos. Personalmente me llega mucho porque yo he sido muchas veces ese chico. Nunca me he visto con la arteria braquial seccionada, pero si jugando a ser quien no soy y dándome cuenta de que llego más lejos cuando soy yo mismo.

No es nuevo que recelo del panorama que intuyo de las redes sociales y las mentiras que contamos, porque además no es nuevo. Hace 20 años ya mentíamos o como mínimo maquillábamos la realidad en las salas de chat y mensajería, ¿y qué es un traje bonito o una sombra de ojos sino un intento de cubrir o deformar aquellas cosas de las que no estamos precisamente orgullosos?  

Parecía un padre, así que solo era una cena, ¿no?

Esta historia nos presenta a una chica de 21 años que trabaja de becaria en una empresa de tecnología. Aunque el episodio empieza en un restaurante, con un señor dando un pequeño discurso sobre lo orgulloso que se siente por su hija que acaba de cumplir 21 años, la mayoría de edad en Estados Unidos. El único problema es que este señor no es el padre de nuestra protagonista, sino de la compañera de piso y mejor amiga, que ha sido invitada a la celebración familiar y que ella nunca tendrá porque su padre murió cuando ella tenía 11 años.

La protagonista ha crecido con una falta muy grande de esa figura paterna. Una figura que va a encontrar precisamente en su empresa. Un mando intermedio especialista en robótica de 55 años va a aparecer como prototipo ideal de padre sustituto ya que le recuerda mucho a su propio padre, y va a proyectar en él esa figura.

El acercamiento que ella va a ir haciendo hacia él va a ser evidente, hasta el punto de que él la acabará invitando a su casa a cenar. Ella accederá. Tras una cita cargada de cariño en el que ella le deja entrever que lo que busca es un padre que no tuvo, él queda de acuerdo con esta condición.

La relación entre ellos va a ir creciendo de forma muy inocente aunque algo confusa y él acabará besándola, cosa que ella no tolera y ve como una traición.

Las historia termina con él pidiendo un traslado y entendiendo su necesidad, y dándole el discurso de orgullo de padre que ella necesitaba.

El relato original termina en el momento en el que termina la cena y pienso que está mejor resuelto, ya que ella se da cuenta durante la cena de que esa necesidad de padre no la puede cubrir nadie más que ella misma y que todo eso que ella veía en su padre cuando tenía 11 años no lo puede encontrar en nadie, precisamente porque ya no tiene 11 años sino 21.

Esa parque se que explicita en el relato y que queda más diluido en la serie, es la parte que más me gusta. Porque entrar en el rollo Lolita me parece algo perverso, aunque si bien el relato de Vladimir Nabocov es enfermizo, aquí los límites y responsabilidades están mucho mejor definidos.

La postura de ella queda muy clara, ya que aunque errónea, es honesta y las confusión en la que cae él es comprensible y en el fondo ambos son mayores de edad. Además cuando ella le para los pies, él respeta ese límite.

Las adopciones abiertas requieren una mente abierta

Este episodio es uno de los que más pienso que difieren con la historia original del New York Times, pero estamos aquí por la serie no por los relatos, así que no me adelantaré.

En esta ocasión tenemos a una pareja de hombres homosexuales acomodados. Uno de ellos, el más abierto de mente, en un momento dado le presenta a su pareja, una persona estable y algo aburrida, apegada a las normas y habituado a la rutina y el orden,

la posibilidad de ser padres a través de un programa de adopción abierta. Este modelo de adopción consiste en adoptar a un bebé cuyos padres desean seguir presentes en la vida de su hijo biológico, pero no pueden o no quieren hacerse cargo de él.

La agencia de adopción les presenta a una joven sin hogar que se dedica a recorrer Estados Unidos sin domicilio fijo, una persona sin hogar por decisión propia que en un momento queda embarazada y decide dar a su hija en adopción, ya que no quiere abortar pero tampoco quiere arrastrar a una criatura a una vida en la calle. Escoge a la pareja porque es lo que busca en unos padres adoptivos, unas personas que se quieren.

Las últimas semanas de embarazo las pasará en casa de la pareja y es aquí donde va a discurrir la mayor parte de la historia, ya que la joven, un espíritu libre, choca frontalmente con uno de los miembros de la pareja, el más neurótico y acomodado de los dos.

La joven vivirá en el salón de la casa, pero tal y como lo hace en la calle, casi montando una tienda de campaña improvisada e invitando a otros transeúntes que son sus eventuales parejas. Es curioso que en este episodio la pareja que nos presenta está interpretado por Ed Sheeran, el cantante.

Tras no pocos conflictos, la pareja neurótica y la jóven serán los que más van a conectar, ya que es precisamente el alma libre de la joven lo que va a cautivar a nuestro futuro padre. Y va a ser precisamente durante el parto cuando se va a dar cuenta de que puede querer profundamente a una personita a su cuidado, a pesar de no compartir nada con la madre. Además será el encargado de acompañar en el crecimiento y educación de la niña contandole las aventuras de su madre, su particular forma de ver la vida, desde la libertad y profunda conexión con sus convicciones. Rasgos que, en el fondo, él envidia, pero que su estilo de vida capitalista en el que viven y en el que se han acomodado, hacen difícil seguir a no ser que te salgas del sistema.

Como he dicho, este episodio difiere mucho del relato original, ya que en el relato una de las primeras cosas que ocurren es el nacimiento del niño… y sí, no sé por qué en la serie le cambian el sexo.

El relato original va sobre la gestión que hace la pareja con las idas y venidas de la madre y de cómo van viendo a su hijo crecer en ocasiones echando en falta a su madre.

No tengo demasiado claro qué quieren transmitir más allá de una bonita historia de  conocimiento interpersonal entre la jóven y el hombre aburrido, y el descubrimiento de uno mismo que éste experimenta gracias a esta relación. En el relato parece profundizar mucho más en la relación entre el hombre y su hijo y cómo se van planteando los retos de gestionar las ausencias de una madre que, por su estilo de vida, se mete en líos.

La carrera mejora según te acercas a la meta

Es posible que en algún episodio se llore. En el primer episodio especialmente, el del portero, pero este episodio es un drama porque desde casi el principio sabes que no va a acabar en un final feliz de cuento.

Esta historia es la historia de una pareja mayor, y cuando digo mayor digo de cerca de 70 años que se conoce en una prueba de atletismo de fondo para mayores. Van a descubrir un amor inesperado, muy profundo y muy de verdad, con la serenidad que les da la edad, haber vivido mucho y no deberle nada a nadie. Además en una escena vemos una conversación en la que ella le dice que siente un profundo respeto hacia la esposa difunta de él, que no pretende quitarle el puesto que ocupa en su corazón, pero que piensa que queda espacio en él para ella.

Pero como ya he comentado, el pastel se destapa pronto, porque casi desde el inicio se van a intercalar las tremendamente dulces escenas de la historia de amor de estos dos corredores mayores, con el presente, un presente donde ella se prepara para asistir al entierro de él, con una amarga pena que lo envuelve todo.

Es una historia de pérdida para la que pensaban estar preparados pero que en realidad duele como la primera vez, tal y como ella dice en el discurso durante el funeral.

Este episodio además va a servir de epílogo para el resto de historias ya que vamos a ver brevemente escenas relacionadas con las otras historias.

Los relatos originales de The New York Times

Cuando el portero se vuelve parte de tu vida

Por Julie Margaret Hogben

Era el verano en Manhattan, oscuro y apacible, casi a medianoche en el Upper West Side. Él y yo dimos doblamos la esquina desde la calle Ámsterdam. La cita para beber algunos tragos había sido un éxito. Me tomó de la mano mientras me acompañaba a casa. Un poco ebria, le dije: “No puedes subir”, y me detuve cerca de unas escaleras. “No quiero hacerlo”, dijo él, tímido, mientras colocaba sus manos en mi cintura para acercarme. “Pero sí quiero verte de nuevo”. Sonrió.
Yo también sonreí. “Lo que quiero decir es que, si quieres darme el beso de las buenas noches, debe ser aquí”. Ni siquiera estábamos cerca de mi edificio.
“Pero creí que vivías en…”, dijo, estirando el cuello para buscar los letreros de las calles, “…la noventa”.
“Así es”, comencé a tartamudear, tratando de explicar. “Ahí vivo, pero, él sabe que es nuestra primera cita, y hay una ventana por la que puede ver la acera, y a veces me está esperando. Si me tardo mucho, se preocupa”.
“¿Quién?”, preguntó mi cita, desconcertado. “¿Quién puede vernos?”.
“Ehh…”, vacilé.
“¿Tu novio?”.
“No”.
“¿Tu papá?”.
“No, no. Es difícil de…”.
“¿Tu esposo? ¿Estás casada?”.
Suspiré y me encogí de hombros, dejando que mi extrañeza arruinara el momento. Inhalé profundamente y dije: “Mi portero”.
Guzim era mi portero, y teníamos una amistad común e implícita, aquel vínculo entre las mujeres neoyorquinas, solteras y solas, y el portero que las cuida, que funge como guardián, guardaespaldas, confidente y figura paterna; los porteros que protegen y entregan mucho más que cajas de Zappos y FreshDirect, no porque sea parte del trabajo, sino porque son hombres buenos.
“No me cae bien”, dijo Guzim acerca de un nuevo chico con el que estuve saliendo dos meses después. Lo susurró por el interfono.
Bajé al vestíbulo y vi que mi portero y mi cita estaban en la acera, riendo y charlando. Mi cita volteó para arrojar la colilla de su cigarrillo, y Guzim aprovechó ese momento para lanzarme una mirada: se había dado una idea de cómo era hablando con él y ya estaba preocupado.
Lo saludé con la mano, mientras mi cita y yo nos alejábamos del edificio. Cuando eché un vistazo atrás, Guzim sacudió la cabeza. Yo puse los ojos en blanco. ¿Qué sabía? ¿Qué pudo haber notado en una charla de diez minutos?
Mi cita resultó ser un tipo sensual y divertido, hablaba hebreo de manera hermosa y salía demasiado de fiesta. Así que acepté un segundo trago y lo vi una y otra vez conforme avanzaba el otoño. Siempre me atrajeron los chicos malos.
Guzim no era un chico malo. Era amable y educado, un hombre de pelo canoso en el que se fusionaban Cary Grant y George Clooney. Nacido en Albania a mediados de la década de los cuarenta, provenía de una familia con educación militar; su padre había sido un general del ejército. Cuando Guzim tenía 19 años, la policía secreta del líder comunista Enver Hoxha arrestó e internó a su familia, y la acusó de traición.
Durante veinte años, vivió en un campo de trabajo, forzado a laborar como campesino en una zona remota no muy diferente de los gulags de Stalin. “Hice eso durante toda mi juventud”, me dijo una vez. Nunca se casó. Jamás tuvo hijos.
Finalmente lo liberaron cuando tenía 39 años, y Estados Unidos le otorgó el asilo a su familia. Encontró trabajo como portero de un edificio de lujo en Nueva York. Siempre que le preguntaba cómo estaba, cualquier día y en cualquier momento, respondía: “No me quejo”.
Ese era su mantra.
La noche de Halloween de ese mismo año, caminé a casa de nuevo, esta vez sola, desde la tienda CVS que está abierta las 24 horas. No podía dormir. Vestida con el pantalón de la pijama, una camiseta y botines afelpados, subí las escaleras para entrar al vestíbulo, con una bolsa blanca de papel en la mano.
Adentro llevaba una prueba de embarazo.
Guzim estaba descansando en su banco habitual, sentado a medio cuerpo, y alzó la vista desde el diario del New York Post que estaba leyendo. “¿Qué pasa?”, preguntó.
“¿Qué?”, respondí. “Nada”.
“¿Qué es eso?”.
“Nada”. Me alejé y alcé la bolsa. “Es medicina para el dolor de cabeza”.
“No”, dijo, alargando la palabra, sacudiendo la cabeza, doblando las hojas de su periódico.
No podía engañarlo.
Me detuve y miré a mi alrededor. Nadie estaba en el vestíbulo. Ya pasaba de la medianoche, así que caminé de regreso. “Creo, no sé…”. Me mordí el labio. “El mes pasado no… ya sabes”. Gesticulé y comencé a llorar.
Guzim esperó y después dijo: “¿Es el israelí?”.
“¡Sí! Y ni siquiera me gusta”, le dije, secando mis lágrimas. “Es un mentiroso. No puedo pasar el resto de mi vida con él”.
“Entonces no lo hagas”, dijo Guzim, alisando los puños de la chaqueta de su uniforme. Nos quedamos ahí y hablamos durante dos horas más.
Estaba desolada. Pensé que me había cuidado. Conté los días e hice mis cálculos. Me protegí… casi siempre. “¿Cómo pasó esto?”, pregunté estúpidamente.
“¿Cómo?”, dijo Guzim con una sonrisa irónica. “Por favor. Así es la vida”.
Dos semanas después, se lo dije al padre. Pareció alegrarse y sentirse horrorizado a la vez. Unas cuantas semanas después, incluso me propuso matrimonio.
Lo rechacé gentilmente. Él no quería ser padre. No realmente. No queríamos casarnos. Ambos lo sabíamos.
Le dije que yo criaría al bebé sola y que él podría participar tanto como quisiera. No estaría en problemas, siempre y cuando evitáramos los dramas y nos mantuviéramos en contacto. Los tres seríamos amigos, no una familia. Aceptó.
Tres meses después, cuando se empezaba a notar mi embarazo, les revelé la noticia a los demás. Mis padres católicos, casados durante más de cuarenta años, temían por mi futuro como madre soltera. No los culpé. En su mayor parte, mis amigas —casadas y solteras, con hijos o sin ellos— me apoyaron.
Sin embargo, la gente empezó a chismear: ¿quién era el padre? ¿Terminé con él o él terminó conmigo? Eran preguntas válidas que a veces me hacían a la cara y otras no.
Pero Guzim estaba ahí abajo, en el vestíbulo, sin vela en el entierro. No era su hija ni su hermana ni su ex. No era su empleada ni su jefa. Nuestros círculos sociales no coincidían. Seis días a la semana, él estaba en la planta baja, distante pero también tan preocupado como para ser el amigo perfecto, ni preocupado ni sintiendo lástima.
Fue él quien firmó para recibir la cuna que compré, y también la ropa, las botellas y las cajas de pañales del bebé. Fue él quien me preguntó cómo me sentía todos los días. Yo veía al israelí de vez en cuando.
Guzim y yo hablamos mucho a lo largo de esos nueve meses, y su sabiduría me reconfortaba: más europea que neoyorquina, más de la Guerra Fría que del siglo XXI y más basada en la gratitud.
Se mostró solidario. Me respetó y me honró por mi decisión, y protegió mi dignidad y mi autoestima. Me recordaba que todavía era joven. Aún podría conocer a un hombre y casarme. Tenía una maestría, un trabajo, ahorros.
¿Qué más daba si no estaba casada? Mira el mundo. Peores cosas habían ocurrido en la historia. Por favor. Estaríamos bien. Mi bebé era un regalo.
En agosto, mientras estaba fuera el fin de semana, mi fuente se rompió antes de tiempo, y di a luz en Providence, Rhode Island. Dos días después, mis padres me recogieron y condujeron al sur por la carretera 95 hacia el Upper West Side, donde vivía.
Cuando llegamos en el auto de mi padre, Guzim lo reconoció. Bajó las escaleras y abrió toda la puerta. De alguna manera supo que yo estaba adentro.
Salí del auto, exhausta y con los ojos llorosos. Nos abrazamos. Volteé, quité la silla de la bebé y la saqué. Ambos miramos a la recién nacida, que estaba dormida y lucía imposiblemente hermosa.
“Hermosa”, dijo. “Buen trabajo”.
Nueve días más tarde, el israelí se fue para siempre. Su padre estaba enfermo en su país, dijo. Pero éramos amigos y quedamos en buenos términos. Durante el siguiente año, le envié fotografías por correo electrónico. Él llamaba y los dos reíamos mientras me mantenía despierta durante aquellos primeros meses largos e insomnes.
Sin embargo, el rostro de Guzim era el que veíamos todos los días, el hombre que le decía buenos días y buenas noches a mi niña, el que sonreía, le hablaba con delicadeza y hacía comentarios sobre su crecimiento, su sonrisa y sus primeras palabras.
El israelí se mantuvo en contacto durante más de un año y después desapareció. No hubo más correos electrónicos ni más llamadas. Yo le enviaba fotografías y él solo enviaba silencio.
Mi hija le tenía un cariño especial a Guzim, casi como si entendiera el papel que había desempeñado como la persona que le dio la bienvenida a este mundo con los brazos abiertos, con el corazón abierto, listo y dispuesto a cuidarla y protegerla, así como había cuidado y protegido a su madre.
En cuanto pudo hacerlo, empezó a correr hacia Guzim en la acera, con los brazos extendidos, y él la atrapaba dándole un gran abrazo.
Su padre no llama ni la visita, y nosotros tampoco lo hacemos. Pero sí visitamos a Guzim.
Ahora vivimos en California pero, cuando estamos en Nueva York, pasamos al edificio con la esperanza de encontrar a Guzim en su lugar. A veces está ahí. A veces no. Pero siempre vamos.
Y cuando lo encontramos y me pregunta cómo estoy, veo a mi hija y le respondo: “No me quejo”.

Cupido es una periodista curiosa

Por Deborah Copaken

Mi entrevista con Justin McLeod estaba por terminar cuando lancé una última pregunta: “¿Alguna vez has estado enamorado?”.
El joven director ejecutivo había diseñado Hinge, una aplicación de citas. La pregunta que le hice era algo obvia, dadas las circunstanncias.
Justin lucía afligido. Dijo que nadie le había preguntado eso en una entrevista. “Sí”, respondió después de unos momentos. “Pero no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde”. Luego me pidió que apagara mi grabadora. Lo hice.
Al hablar sin que quedara el registro grabado, parecía estarse quitando una carga de encima. Me contó que se llamaba Kate y fueron novios en la universidad. Él le rompió el corazón en varias ocasiones (los ojos se le llenaron de lágrimas cuando lo dijo). En esa época él no era la mejor versión de sí mismo, dijo. Se dedicó a reparar el daño que le había causado a todo el mundo en esa época, incluyendo a Kate. Pero ella ahora vivía en el extranjero y estaba comprometida con otra persona.
“¿Ella sabe que todavía la amas?”, le pregunté.
“No”, respondió. “Ya lleva dos años comprometida”.
“¿Dos años?”, cuestioné. “¿Por qué tanto?”
“No lo sé”.
En ese entonces yo llevaba un año separada, después de un matrimonio de dos décadas. Había estado pensando mucho acerca de la naturaleza del amor, en cuán raro es. De hecho, la razón de mi entrevista a Justin era que su aplicación había contribuido a que tuviera una cita a ciegas post-separación, que además fue la primera cita así en mi vida. Fue con un artista de quien me había enamorado a primera vista.
Eso jamás me había sucedido, lo de “a primera vista”. Además fue el primer hombre que apareció en mi pantalla después de descargar la aplicación de Justin.
Para los que llevan la cuenta en casa, son bastantes primeras veces: primera aplicación de citas, primer hombre en la pantalla, primera cita a ciegas, primer amor a primera vista. Me interesaba comprender el algoritmo de la aplicación, cómo había ocurrido, y cómo había adivinado —si por los amigos en común de Facebook— que este hombre en específico (un escultor cuya obra exploraba los nexos entre imágenes libidinosas y los pimpollos de flores) se anclaría en mi corazón.
“Tienes que decírselo”, le dije a Justin. “Mira…”. Le conté la historia del muchacho al que yo había amado justo antes de conocer a mi esposo.
Él iba en el último año de la universidad, y estaba en Londres para estudiar a Shakespeare durante un semestre en el extranjero. Yo era una fotógrafa de guerra de 22 años que vivía en París. Nos habíamos conocido en una playa en el Caribe y luego lo visité en Londres, cuando estaba algo traumatizada después de haber cubierto el final de la guerra afgano-soviética.
Había pensado en él a diario mientras cubría esa guerra. Cuando dormía en cuevas, cuando estuve enferma de disentería y cuando una herida de metralla en mi mano se infectó a tal punto que Médicos Sin Fronteras tuvo que ir a sacarme de las montañas en el Hindukush; en todos esos momentos mi amor por él fue lo que me hizo seguir adelante.
No obstante, unas semanas después de mi viaje a visitarlo en Londres, me dejó plantada. Dijo que vendría a verme a mi apartamento en París un fin de semana y nunca llegó. O eso pensé.
Dos décadas después, me enteré de que en realidad sí había volado a París ese fin de semana, pero había perdido el trozo de papel en el que apuntó mi dirección y número telefónico. Yo no estaba en el directorio; él no tenía contestadora. No teníamos amigos en común. Terminó hospedándose en un hostal y yo terminé casándome con el siguiente hombre con el que salí, con quien tuve tres hijos. Así es la vida.
Para cuando se inventó Google, la primera foto mía que le apareció al buscarme fue una donde estoy con mis hijos, en un artículo que alguien había escrito acerca de mi primer libro, una biografía de mis años como fotógrafa de guerra. Poco después, él se casó y tuvo tres hijos con la siguiente mujer con la que salió. Así es la vida.
Lo encontré por casualidad, mientras hacía una investigación sobre compañías de teatro para mi última novela. Ahí estaba su imagen, arriba de su nombre, compartido por tantas personas. Le escribí un correo electrónico: “¿Eres el mismo hombre que me dejó plantada en París?”.
Así fue como me enteré de lo que sucedió ese fin de semana y comencé a digerir todo el impacto de la mala suerte detrás de nuestro encuentro fallido.
Unos meses después, él visitó Nueva York por cuestiones de trabajo y nos reunimos para un almuerzo primaveral en una banca de Central Park. Yo estaba tan desconcertada que tiré mi limonada y el sándwich de ensalada de huevo que tenía en las manos: a pesar del tiempo, el amor seguía ahí.
De hecho, el cierre emocional que nos dio la reunión y el impacto de reconocer que aún estaba vigente ese sentimiento de amor, aunque había estado tanto tiempo fuera de la luz del sol y sin que lo regáramos, afectó nuestros matrimonios, pero en diferentes sentidos. Él se dio cuenta de lo mucho que necesitaba trabajar en las raíces de su matrimonio. Yo me di cuenta de que a mi matrimonio ya le había dado todos los nutrientes y el cuidado posibles (veintitrés años de cultivar esa tierra), pero que ya no había dónde labrar ese campo.
Cuando escuché la historia de Justin y su amor por Kate, sentada en otra banca de Central Park cuatro años después, sentí una urgencia renovada. “Si la sigues amando”, le dije, “y todavía no está casada, tienes que decírselo. Ahora. No quieres despertar en veinte años y arrepentirte de tu silencio. Pero no puedes hacerlo por correo electrónico o Facebook. Tienes que aparecerte en persona y estar dispuesto a que te azoten la puerta en la cara”.
Justin se rio con melancolía: “No puedo hacerlo. Es demasiado tarde”.
Tres meses después, me envió por correo electrónico una invitación a almorzar. El artículo que escribí acerca de él y su empresa, en el que me había permitido mencionar a Kate (a quien había descrito como “el amor que él más anhelaba”), había generado interés en su aplicación y quería agradecérmelo.
El día de la cita, fui al restaurante y me presenté con la recepcionista. “Justin McLeod, mesa para dos”, le dije.
“No”, respondió Justin, que de pronto apareció detrás de mí. “Para tres”.
“¿Tres? ¿Y quién nos acompaña?”.
“Ella”, dijo. Señaló hacia una mujer menuda que se veía desde la ventana del restaurante mientras corría para alcanzarnos. Solo dilucidé un abrigo rosa y el destello de un cabello rubio que ondeaba detrás de la figura corriendo.
“No… ¿es ella?”.
“Sí”.
Kate entró y me dio un abrazo. De cerca se parecía a otra Kate, a Katharine Hepburn, la actriz de tantas comedias sobre exparejas que terminaban retomando su matrimonio, películas que había estudiado en la universidad con el filósofo Stanley Cavell.
Estas películas, antecesoras de las comedias románticas de la actualidad, se filmaron en Estados Unidos durante las décadas de 1930 y 1940, cuando no estaba permitido mostrar el adulterio y el sexo ilícito en la pantalla. Para evitar a los censores, las tramas eran las mismas: una pareja casada se divorcia, ambos coquetean con otras personas, luego se vuelven a casar. ¿La moraleja? En ocasiones tienes que perder el amor para encontrarlo de nuevo y visitar el césped verde de los vecinos es la clave para que tu amor inicial vuelva a florecer.
“Todo esto es gracias a ti”, dijo Kate, llorando. “Gracias”.
Ahora Justin y yo también estábamos por llorar, mientras el resto de los comensales nos observaban confundidos.
Después de que nos sentamos, me contaron la historia de su reencuentro; se completaban las frases uno al otro como si hubiesen estado casados durante años. Un día, después de encontrarse en la calle a un amigo de Kate, Justin le envió a ella un mensaje de texto para concertar una llamada telefónica. Luego, sin previo aviso, reservó un vuelo trasatlántico para encontrarse con ella. La llamó desde su habitación de hotel y le preguntó si podía ir a verla. Ella planeaba casarse en un mes, pero tres días más tarde se mudó del apartamento que había estado compartiendo con su prometido.
La culpa me cayó de golpe. ¡Pobre hombre!
Ella dijo que estaba bien: su relación había sido conflictiva durante años. Kate contó que había buscado la manera de posponer la boda o cancelarla, pero que ya se habían enviado las invitaciones, que el salón y el servicio de banquetes estaban contratados, y no sabía cómo resolver su indecisión sin decepcionar a todo mundo.
Justin había llegado a su puerta prácticamente en el último momento para hablar ahora o callar para siempre. El día que estábamos almorzando ya estaban viviendo juntos.
Poco después los invité a cenar para presentarles al artista obsesionado con los brotes de flores que tenía la mitad de la responsabilidad de haberlos reunido. Él y yo no habíamos funcionado como pareja, para mi desgracia, pero habíamos terminado en un camino de amistad cercana e incluso de una colaboración artística después de que me envió un mensaje con la foto de un boceto que había estado dibujando.
De hecho, por esa fecha acabábamos de firmar un contrato para publicar juntos tres libros: The ABC’s of Adulthood, The ABC’s of Parenthood y —qué ironía— The ABC’s of Love (El ABC del amor).
“¿De qué era el dibujo?”, preguntó Kate.
Se lo mostré en mi teléfono.
“¿Son ovarios?”, preguntó con una sonrisa.
“O semillas”, respondí. “O capullos de flor, depende de cómo lo mires”.
Todas eran interpretaciones perfectamente lógicas de un amor por florecer que hacía brotar más amor y de cómo ese engendraba también amor. El amor era la misma razón por la que estábamos sentados en mi mesa aquella noche, ¿no es cierto? Porque el amor verdadero, una vez que florece, jamás se marchita. Puede perderse cuando se extravía un trozo de papel o transformarse en arte, libros o en hijos, o desencadenar la reunión de otra pareja al tiempo que no logra consolidar la propia.
No obstante, siempre está ahí, a la espera de un rayo de sol, abriéndose paso a través de la tierra que se deshiela, insistiendo en su legítima existencia en nuestros corazones y en el mundo.

Acéptame como soy… aunque no sepa quién soy

Por Terri Cheney

Puesto que soy una mujer bipolar, he vivido gran parte de mi vida convirtiéndome en alguien más. El término preciso para mi desorden es “ciclador ultrarrápido”, lo cual quiere decir que, sin medicamentos, estoy a merced de mis espectaculares cambios de humor: “emociones altas” durante algunos días (en los que soy carismática, locuaz, efusiva, simpática y productiva, pero no duermo nada y a fin de cuentas, es difícil pasar tiempo conmigo), luego “emociones bajas”, con las que prácticamente permanezco inmóvil, a veces durante varias semanas.
Esta oscuridad se presentó en mi vida cuando estaba en el bachillerato. Una mañana simplemente no pude levantarme de la cama. No parece nada grave, el problema es que me quedé ahí durante veintiún días. A medida que este patrón continuó, mis padres, amigos y maestros se preocuparon, pero creían que yo era excéntrica y nada más. Después de todo, seguí siendo una estudiante ejemplar, nunca me porté mal y me gradué con el mejor promedio de mi generación.
En Vassar, la universidad, pasó lo mismo: prosperé en términos académicos a pesar de mi enfermedad mental. Después avancé tranquilamente por la facultad de Derecho y encontré el éxito profesional como abogada especializada en entretenimiento en Los Ángeles, donde representaba a celebridades y a importantes estudios cinematográficos. Mientras tanto, busqué ayuda con una sucesión infinita de médicos, terapeutas, medicamentos y tratamientos espeluznantes como los electrochoques, sin éxito alguno.
Además de los médicos, nadie más lo sabía. En el trabajo, donde mis habilidades y productividad eran lo único que importaba, podía ocultar mi secreto con relativa facilidad. Despistaba a mis amigos y familiares dándoles excusas enrevesadas, y solo los veía cuando sabía que dejaría una buena impresión.
Pero mi vida personal era otro asunto. En el amor no hay dónde esconderse. Tienes que hacerle saber al otro quién eres, pero yo no tenía idea de quién era yo de un momento a otro. Si salías en una cita conmigo, a lo mejor te acostabas con Madame Bovary y despertabas con Hester Prynne. Lo peor de todo era que mi yo carismática y maniaca constantemente me metía en situaciones con las que mi yo depresiva no podía lidiar.
Por ejemplo, una mañana conocí a un hombre en la sección de frutas y verduras del supermercado. Yo llevaba tres días sin dormir, pero no se notaba al verme. Mis ojos verdes relucían, mi cabello rubio rojizo competía con el color de las fresas y literalmente estaba deslumbrante, pues me había puesto una blusa de lentejuelas doradas para comprar comida (los atuendos de la fase maniaca siempre son de mal gusto). Tenía hambre, pero no de frutas y verduras. Tenía hambre de él, con sus pantalones desgastados de mezclilla y su gorra de los Yankees que reposaba un poco torcida sobre su cabeza.
Puse mi carrito junto al suyo y comencé a apretar con lascivia un durazno. “Me gustan bien duritos, ¿a ti no?”.
Asintió. “Y que no estén magullados”.
Eso es todo lo que necesitaba, una muestra de interés, y me seguí. Le dije mi nombre, le pregunté qué le gustaba y qué no en tema de frutas, deportes, candidatos presidenciales y mujeres. Hablé tan rápido que apenas y tuve tiempo de escuchar sus respuestas.
No compré ningún durazno, pero me fui de ahí con una cita para cenar el sábado, dentro de dos días. Era suficiente tiempo para descansar, rasurarme las piernas y elegir la ropa perfecta.
Pero cuando llegué a casa, la oscuridad ya había descendido. No tenía ganas de hurgar en mi armario ni de guardar los víveres, solo los dejé en la encimera para que se pudrieran, o no, ¿qué me importaba? Ni siquiera me quité la blusa de lentejuelas. Me tumbé sobre la cama, así como estaba y ahí me quedé. Sentía com si mi cuerpo hubiera sido sumergido en concreto de secado lento. Lo único que lograba hacer era respirar una bocanada de aire y luego exhalar, una y otra vez. Quería llorar por cuán monótono era, pero eso requería demasiada energía.
El sábado por la tarde sonó el teléfono. Seguía en la cama y tuve que hacer un esfuerzo para girar, tomar el auricular y balbucear un saludo.
“Soy Jeff, el de los duraznos, solo hablo para confirmar tu dirección”.
¿Jeff? ¿Duraznos? Recordaba vagamente haber hablado con alguien que se apegaba a esa descripción, pero parecía haber sido en otra vida. Y esa persona con la que él había hablado no era yo, o al menos no la yo actual, pues yo jamás usaría lentejuelas en la mañana. Pero mi conciencia sabía qué era lo correcto. “¡Levántate y vístete!”, me amonestó. “No importa que haya sido ella la que hizo la cita, tienes que cumplir”.
Cuando Jeff llegó a las 19:00, ya estaba vestida y lista, pero más para un funeral que para una cita romántica. Estaba cubierta de negro y no me había puesto ni una pizca de maquillaje, así que mi piel blanca se veía fantasmagórica y abatida. Pero abrí la puerta y hasta le acerqué mi mejilla para que me diera un beso. La sensación de sus labios sobre mi piel no me causó ningún placer. El placer era para los vivos.
No tenía nada que decir, ni en ese momento ni en la cena. Así que Jeff habló, al inicio mucho, luego cada vez menos hasta que, finalmente, cuando comíamos el postre, me preguntó: “¿De casualidad no tienes una gemela?”.
De cualquier manera, me sentí devastada de que no me llamara.
Un par de semanas después, me desperté en un mundo que se había convertido en Disneylandia: el sol brillaba como los narcisos, el cielo era azul como un huevo de petirrojo. Las aves trinaban afuera de mi habitación, lo cual sin duda era un canto creado especialmente para mí. No me pude contener ni un minuto más, arrojé las cobijas y bailé con mi camisón puesto, mi camisón de franela gris como de prisionera. Lo vi en el espejo, me estremecí y también ese lo arrojé.
Escarbé en mi armario buscando algo decente que ponerme, pero todo lo que había era pésimo, pésimo, pésimo. Para empezar, todo era negro. Odiaba el negro, aún más que el gris. Las pelirrojas deben ser fieles a sus colores, sin importar el precio. Busqué más y, escondidos muy adentro, había unos pantalones apretados de mezclilla, y algo sedoso y brillante que era justo lo que necesitaba: una exquisita blusa de lentejuelas doradas.
Me la puse y me la ajusté un poco. Vaya, qué bien me veía. Luego jalé los pantalones. Había subido un par de kilogramos en las últimas semanas de estar perezosa, pero una vez que tiré con mucha fuerza, el cierre subió sin problemas. Había algo en el bolsillo: una tarjeta de presentación, con unas palabras garabateadas al reverso: “Llámame. Jeff”.
¿Jeff?
¡Jeff! Pateé el camisón para despejar mi camino y tomé el teléfono junto a la cama. ¿Las 6:30 era demasiado temprano para llamar? ¡No! No para el buen Jeff. Sonó y sonó. Estaba a punto de darme por vencida cuando una voz grave y adormilada dijo: “¿Hola?”.
“¡Soy yo! ¿Por qué no me has llamado?”.
Le tomó un tiempo aclarar quién era “yo”, pero finalmente se acordó. “Suenas diferente”, dijo. “O no, tal vez suenas más como tú eres. No sé. Es demasiado temprano”.
Al poco tiempo lo estaba haciendo reír tanto que le dio hipo y tuvo que colgar. Pero antes de hacerlo, me invitó a salir el viernes, dentro de tres días.
No, insistí, tenía que ser hoy en la noche, o en la tarde. No quería perder otra oportunidad para conocerlo. Sabía que a Cenicienta no le quedaba tanto tiempo en el baile.
Acordamos cenar esa noche a las 20:00. Me pasé la tarde eliminando toda la evidencia de depresión en mi casa. Lavé, tallé, sacudí y aspirécon todos los aditamentos, hasta los que me daban miedo. Luego salí y compré una docena de lirios casablanca para esconder el olor a cloro y amoniaco.
Cuando la casa lucía perfecta, me dediqué a mí con la misma furia. Me exfolié, me empolvé, me humecté, me depilé e hice todo lo posible por recrear el oscuro encanto de Rita Hayworth en Gilda. Mientras me ponía sombra en los ojos, recordé su inquietante frase sobre la película: “Todos los hombres que he conocido se han enamorado de Gilda, y se han despertado conmigo”. Me carcomió pensar en eso, a tal grado que mi mano comenzó a temblar y no pude terminar de ponerme el rímel.
De repente, ya no me veía radiante. Había líneas de expresión alrededor de mi boca y un vacío en mi mirada que me avejentó diez años. Mi piel, a pesar de que me había puesto con esmero la base y el rubor, era de una palidez tan mortecina que reaccioné con desagrado al ver mi reflejo.
Me senté en el inodoro y comencé a llorar. Había tenido suficientes encuentros con el enemigo como y ya era capaz reconocerlo a simple vista. “Ahora no”, imploré. “Por favor, ahora no”. El rímel corrió por mis mejillas y me las limpié, sin pensar en las marcas que dejaba. Eran las 19:57. Tenía tres minutos para luchar y vencer a la química de mi cerebro. Sí, claro, sí sabía que tenía otra opción. Le podía decir a Jeff qué era lo que pasaba. Pero este era un hombre al que ni los duraznos le gustaban magullados. ¿Qué pensaría de una psique dañada?
Tal vez entienda. Tal vez me atreva. Tal vez inventen una cura.
Tal vez, pero no hoy. Mientras el timbre sonaba y sonaba, me acurruqué en el baño, temblando. Estaba aterrada, no solo de que Jeff me encontrara ahí, sino de que yo nunca encontrara el amor.
Cuando finalmente hubo silencio, me lavé el resto del rímel y aventé mi vestido de coctel en el cesto de la ropa sucia. Después me abotoné el camisón de franela gris y me dispuse a enfrentar la larga noche que se avecinaba.
Nunca volví a saber de Jeff.
Eso fue hace cinco años, cinco largos años de altibajos, de buscar al doctor indicado y la dosis indicada. Por fin he aceptado que el desequilibrio químico en mi cerebro no tiene cura, como tampoco el amor. Pero hay una pequeña píldora amarilla que estimo mucho, y otra azul claro, y unas capsulitas rosas muy lindas, y otros colores más que le han dado un vuelco a mi vida. Bajo su efecto, soy una persona totalmente distinta, ni Madame Bovary ni Hester Prynne, sino una persona intermedia. Tengo humores, pero no hacen que me transforme en otro personaje.
Irónicamente, la estabilidad es tan emocionante que he decidido aventurarme en el amor una vez más. He sucumbido a la presión de los amigos y me inscribí a un servicio de citas en línea por tres meses. “¿Quién eres?”, te preguntan al inicio del cuestionario.
Quiero ser honesta, pero no sé cómo responder. ¿Quién soy ahora? ¿O quién era antes?
La vida es mucho más dócil ahora: engañosamente silenciosa, como un tigre con zarpas aterciopeladas. De vez en cuando, el sol brilla con más intensidad y, tan solo un momento, pienso que soy dueña del cielo. Pienso cuán maravilloso era ser Gilda, aunque solo fuera en mi mente. Pero luego recuerdo el precio del cielo. Así que me quito el maquillaje, me despeino y voy al supermercado en ropa deportiva. La blusa de lentejuelas doradas yace abandonada en mi armario. Estoy pensando en regalarla.
Pero todavía no.

Rallying to Keep the Game Alive

By Ann Leary

When I took up tennis, my husband was happy to play with our two children and me, as long as we didn’t have to play by the rules. As Denis repeatedly explained to us, playing by the rules placed him at an unfair disadvantage because he didn’t know the rules, and he didn’t know how to serve.
Instead of learning the rules, he wanted to play a variation of tennis he had invented with another actor while on location in a tropical country. Their game involved no serving and a complicated but curiously malleable set of rules that often appeared, to me, to change midgame and almost always to Denis’s advantage.
This caused some heated courtside squabbles. I’m ashamed to admit that one year we spent several days of a family vacation not speaking to each other after a game of “Denis Tennis” that I had lost “unfairly” (I repeatedly hissed at our children), until finally our son and daughter had to intervene and coerce a truce between us.
This was a tricky time in our marriage. Though we had found tennis late, we had found each other quite early in our adult lives, and now we were going through a rough patch, one that had lasted for years.

When we met, I was 20, he 25. We were too young and inexperienced to know that people don’t change who they are, only how they play and work with others. Our basic problem was, and is, that we are almost identical — in looks, attitudes and psychological makeup. Two Leos who love children and animals, and are intensely emotional and highly sensitive and competitive with everybody, but especially with each other.
When the children came along, we got caught up in the tallying of efforts, the scorekeeping of who was doing more for the marriage and family and who was being self-serving, unloving and disapproving. We didn’t bicker often, but when we fought, we raged.
Eventually we began to see a marriage counselor, who, among other things, suggested that we have a regular date night. Our apathy was such that our date night was our marriage-counseling night. Afterward we sometimes went to a movie. One of the movies we saw was “March of the Penguins.”

This movie moved us to tears because whatever battles raged between us, however ugly the other often appeared to be, we had these two very delicate fledglings that needed to be protected and carried along carefully, so carefully, because is anything more fragile than a preteenage girl or a growing, unsure boy?
These great children were the reason we were in counseling, the reason we were trying to keep the family egg whole. So we worked hard at playing nice. We had regular family nights and took family vacations. And on occasion we tried to play tennis together.

Despite all of this, the marriage continued to flounder, and the time came when we met in our marriage counselor’s office and I said, “I think it’s over.”
“That’s it,” Denis agreed.
When we left, it felt as if we were floating, we were so calm. We had stormed out of those doors and stomped down those steps in such rages before, but now Denis held the door for me, and I thanked him. When we got to the street, it was snowing. I had boots with heels, and the sidewalks were icy. I couldn’t walk on the icy sidewalks with those heels, so I asked if I could hold his arm, if he could walk me home.
“Sure,” he said. He didn’t care.
Neither did I. I just needed something to hold on to so I wouldn’t slip and fall. I clung to his arm, and we bent our bodies into the wind.
“The thing is,” he said as we walked, “I’m tired and hungry.”
“Let’s get something to eat,” I said.
We went to the restaurant across from our building, a little neighborhood place where the waiters know our names and the chef knows how we like our burgers. We sat in a booth in the back. Denis ordered soup.

It was all over, there was nothing to lose, so I decided to serve up my final grievances, the things I felt he needed to know to fully understand that he was the cause of our marriage’s untimely end. I reminded him, in a resigned tone, of the time he did this, the time he did that.

These were the wretched rags of resentment so bitter and old, so petty, that I had been too ashamed even to mention them in therapy, so now I balled them up and tossed them onto Denis’s court.
Denis just ate his soup. When he was finished, he wiped his chin with his napkin. We were both so calm it was as if the island of Manhattan had been gassed with some kind of Valium vapor.
I guess there was no emotion left, it was all over, and we both experienced this finality as a surprising relief. We were like the penguin couple in “March of the Penguins” that accidentally dropped and broke their egg. They looked at the egg for a time, and then they parted ways, because penguins don’t mate for life. They court each other, commit each other’s voice to memory, produce an egg, devote themselves to its care, and when it dies, or matures, the parents part company.
This was how we had come to view our marriage, as a penguin marriage, a partnership devoted to raising children. We had hoped to stick it out until they left the nest, but now it looked as if that would be impossible. So we were just having a last look.
Denis carefully refolded his napkin, and then said: “I’m sorry. If I could change those things I would, but I can’t. They’re in the past. But, I’m sorry.”
I had expected him to cry foul, to react the way he did when I said a questionable tennis shot of his was out. But he just said he was sorry. And I believed him. He had no reason to make up that kind of thing now.

His calm admission inspired me to exhale my own litany of regrets and apologies. In the movies, this would have been the moment we leapt into each other’s embrace, but in real life, we ordered more food. We called the children in the apartment to see if they wanted to go to a movie. That night Denis didn’t stay in a hotel; he stayed home. The next day we all drove to the country. The family, after all that mad jostling, somehow had remained intact.
So things got better. We went to our counselor. We went to our movies. We worked at treating each other more fairly. And we started playing a lot of tennis, just the two of us, whenever we could. Only now we played by the rules.
Though I had many lessons under my belt, Denis is the better athlete, so almost immediately we played on more or less the same level. We improved every game. We stopped cheating. (Yes, I admit, we both used to call questionable shots out when we were backed into a corner, and we used to fudge the score if we could, both of us.)
Though we were still ultracompetitive, we were becoming intensely proud when the other hit an amazing shot, and we didn’t hate the winner when we lost. We still played to win, but now we could feel joy for the other. We wanted to improve, and now we wanted, were actually thrilled, to see the other get better, too.
Which brings me to our last game of that summer, the last before we packed up our son and drove him to college. We had each won a set, and now it was 5-5 in the final set. We had reserved the court for only an hour, though, and the hour was almost up. There were other players waiting. So this would have to be the final, and deciding, game of the match. But the games had been so hard won that neither of us could bear to lose the match.
Denis was serving in this deciding game. He served carefully, not trying to ace it past me for once. It was too risky. I didn’t take advantage by slamming my return into his backhand court. What if it went out? The match would be over.

I hit the ball into his court, and he hit it back into mine. I placed the ball in his court carefully, so carefully, and he placed it back in mine. We rallied, not with the adrenaline-pumping determination to win at all costs, but with the patience and control that came with not wanting it to be over: not the summer, not our son’s childhood, not this game, ever.
Back and forth we sent the ball. And it occurred to me there was some sort of grace in my husband’s form, and I felt it in mine, too, as we both worked to keep the game alive just a little longer, by trying to find each other’s sweet spot, by playing, for once, to the other’s advantage.

Una cita romántica sin ansiedad en el hospital

Por Brian Gittis

Durante seis horas, en la sala de emergencias pude ser yo mismo y disfrutar de la compañía de una mujer que me encantaba.
Nunca es buen momento para caerte del sillón, aterrizar en una copa de martini, cortarte un importante vaso sanguíneo y empezar a perder cantidades peligrosas de sangre. Pero que todo esto te suceda en medio de una prometedora cita romántica es un momento particularmente malo. Nada rompe el encanto misterioso de una atracción floreciente con más rapidez que unos chorros de sangre.
Pude comprobar esto en carne propia una primavera, durante mi cuarta cita con una brasileña que era tan hermosa que casi me daba miedo. Después de cenar en un restaurante italiano acogedor caminamos de regreso al apartamento al que me acababa de mudar en Brooklyn. Puesto que era mi primera vez viviendo solo en la ciudad, sin compañeros de apartamento, estaba ansioso por aprovechar mi recién adquirida privacidad. Además, todo iba viento en popa. Beber de copas elegantes en un cuarto sin amueblar, lleno de cajas a medio desempacar, tiene su aura romántica. “In a Silent Way” de Miles Davis se reproducía en el tocadiscos.
Estaba sorprendido de haber llegado tan lejos. Mis amigos estaban cansados de escuchar que para mí era incomprensible que una mujer hermosa de poco más de 20 años que hablaba cuatro idiomas y había vivido en tres continentes estuviera pasando sus sábados conmigo, un aficionado a la lectura de 31 años, originario de Pittsburgh.
Cada vez que salíamos sentía como si me estuviera escabullendo a un club exclusivo, y al final de la noche temía que me descubrieran y me echaran. Estoy consciente de que el objetivo de salir en citas es conocer a alguien maravilloso, pero realmente estar con alguien maravilloso es demasiado estresante para mí y no puedo disfrutarlo.
Este estrés es normal para mí. He tomado ansiolíticos durante unos diez años, y cuando salgo con alguien me pregunto constantemente: “¿Estuvo mal lo que dije? ¿Me veo nervioso? ¿Obsesionarme por sentirme nervioso hará que parezca aún más nervioso?”.
Es muy común hacerse esas preguntas cuando se conoce gente nueva, pero para mí pueden ser paralizantes. El espacio que queda en mi cerebro para disfrutar de la cita en sí es lamentablemente reducido. Incluso si todo sale bien durante la velada, suelo apreciarlo solo hasta después y con distancia de por medio, como si le hubiera sucedido a alguien más, como salir en una cita en tercera persona.
Hasta ahora, el éxito que estaba teniendo con esta mujer en particular radicaba en el ejercicio de ignorar que era una realidad, lo cual, al parecer, me llevó a ignorar la realidad de mi entorno. Luego de que ella dejó de abrazarme en el sillón para ir al baño, yo me caí sobre la bebida que ella había dejado en el suelo. El vidrio rebanó la piel delgada de la parte inferior de mi brazo. Cuando miré hacia abajo, alcancé a ver mi tríceps expuesto y más sangre de la que había visto en toda mi vida. La cortada había llegado casi al hueso.
Esta no era la primera vez que terminaba en la sala de emergencias durante una cita. Al parecer, tengo un don para eso. Una vez, mi novia de la universidad me dio pollo que no estaba bien cocido para cenar y esto me provocó alucinaciones y una fiebre de 40 grados. Años más tarde, mi intento por prepararle el desayuno a otra mujer derivó en quemaduras de segundo grado luego de que me las ingenié para prenderle fuego al papel absorbente. Sin embargo, la gravedad de esta herida, el momento tan inapropiado en el que ocurrió y el hecho de que estaba desnudo, hicieron de esta una experiencia sin precedentes.
En la ambulancia, los paramédicos mantuvieron unido mi brazo, pero sus preguntas amenazaban con destruir mi subterfugio de ser una pareja aceptable para esta joven brillante.
“¿Qué edad tiene?”, me preguntó uno de ellos, lo cual puso de manifiesto nuestra considerable diferencia de edad, algo de lo que todavía no habíamos hablado.
“¿Toma algún medicamento?”.
“Antidepresivos y Klonopin”, respondí muy a mi pesar.
Después se dirigieron a ella: “¿Es tu novio?, ¿tu amigo?”.
Hubo una pausa larga. “Novio”, balbuceó de manera abrupta e incómoda. Tras un instante corrigió: “Amigo”.
A pesar de que me estaban llevando en ambulancia para someterme a una cirugía, eso realmente me dolió.
Para entretenimiento del personal nocturno del hospital, yo seguía medio desnudo cuando llegué. Mi acompañante logró ponerme pantalones mientras esperábamos a la ambulancia, pero como no podía soltar mi brazo en ese momento, solo traía media camisa puesta. Mientras me llevaban a la sala de operaciones en silla de ruedas en esas condiciones, al lado de una mujer en un vestido sexi, seguramente todos pensaban lo mismo: “Lesión sexual”.
La siguiente hora fue una secuencia caótica y borrosa de radiografías, preguntas que me tenían al borde del pánico (¿por qué este formulario de confidencialidad me pide que escriba mi preferencia religiosa?) y varias reacciones desconcertantes de asombro de los doctores con respecto a mi lesión.
Cuando pregunté: “No voy a perder el brazo, ¿verdad?”, la respuesta fue un inquietante: “No lo creo”.
Un cirujano brusco de mirada despiadada me picoteó mientras murmuraba sobre mi caso a una bandada de residentes. No alcancé a oír todo lo que decían, pero las palabras “siete centímetros” y “arterial” las escuché fuertes y claras.
La humillación física fue lo siguiente en la orden de la noche. Antes de la operación, mi acompañante tuvo el placer de ver cómo una enfermera sacó mi cuerpo pálido, iluminado con luces fluorescentes, de mis pantalones de mezclilla manchados de sangre para ponerme una bata de hospital. Nos imaginé cenando dentro de una semana, con esta imagen poco favorecedora de mí flotando entre nosotros mientras yo le señalaba al mesero lo que quería del menú con mi brazo de garfio.
Después llegó la hora. Recuerdo que las luces del quirófano eran muy brillantes, y recuerdo que me dijeron que iban a empezar a ponerme anestesia. Después… no recuerdo más.
Desperté confundido. Mi brazo y mi acompañante seguían conmigo. La operación había salido bien, pero el protocolo requería que me quedara en la sala de emergencias durante otras seis horas. Por un instante, interpreté eso como una cantidad aterradora de tiempo para dejarme solo con una mujer sin luz tenue, ni alcohol, ni una película que ver, ni bocadillos, ni forma alguna de escapatoria en caso de que el ambiente se tornara incómodo.
Algunas personas sienten la ansiedad como una ráfaga violenta, como una tormenta eléctrica. Yo siento cómo avanza de manera cautelosa, gradual e insidiosa, como niebla que se hace cada vez más espesa. Cuando la niebla es lo suficientemente densa, provoca una sensación espantosa y onírica que mi psiquiatra llama “desrealización”, en la que de algún modo me desconecto y ya no puedo operar en una situación social.
Ese momento en el hospital debió ser uno más en el que la niebla empezara a avanzar, pero por algún motivo no lo hizo. Jamás sabré si mi tranquilidad fue psicológica (un coctel de adrenalina, morfina y alivio absoluto) o fisiológica; luego de seis horas de vergüenza y miedo ininterrumpidos, simplemente estaba demasiado agotado.
Sin importar el motivo, me sentía bien. Mis pensamientos estaban claros y libres de cargas. Los ojos de mi acompañante se fijaron en los míos con una ternura tan sencilla que sentí que mi mente flotaba. Fue como si hubiésemos dado un salto de años hacia el futuro, y las ansiedades y los juegos de nuestras primeras citas fueran un recuerdo curioso y lejano. Pensé: “Así se siente estar con esta mujer”. Ninguno de los dos había cambiado, pero yo me encontraba en un mundo distinto.
Esas seis horas se fueron como agua. Intercambiamos historias de hospitales y bromas interminables sobre copas de martini. Hablamos de libros y de nuestras familias. Se nos ocurrió una idea absurda para un guion, una película de terror que transcurría en un hospital. Estaba hablando, riendo y conectando sin esfuerzo con una de las mujeres más hermosas que había visto en la vida, una mujer de quien en verdad me estaba enamorando.
Cuando por fin me dieron de alta, nuestro viaje en taxi a media mañana hacia mi vecindario se sintió como un sueño lúcido. Comimos emparedados de huevo en el parque y regresamos para encontrarnos con el entorno familiar de mi sala salpicada de sangre. En medio de una bruma por falta de sueño y residuos de morfina, me sentí como un fantasma que regresaba a la escena del crimen de su propio asesinato.
Al vernos parados ahí, mientras limpiábamos las huellas sangrientas con nuestros trapeadores Swiffer, rodeados de toallas absorbentes arrugadas, pensé: “Puede que nunca vuelvas a ver a esta mujer, o puede que se quede contigo por mucho tiempo”.
Ninguna opción fue el caso. Me gustaría poder decir que mi historia termina con una epifanía, con el fin de mi ansiedad y el comienzo de una relación duradera. Pero la realidad es que ella me dejó casi un mes después. No porque le haya resultado repugnante verme bajo las luces fluorescentes del hospital, sino por una razón más convencional: extrañaba a su exnovio.
A veces, cuando a un chico le gusta mucho una chica, se tatúa su nombre en el brazo. Yo más bien tengo esta gran cicatriz. Sin embargo, hay veces en las que la recorro con mis dedos (un nuevo tic nervioso), y esas seis hermosas horas en la sala de emergencias aparecen como destellos en mi mente. Entonces recuerdo lo cerca que estoy de un mundo alternativo en el que soy feliz, un mundo que ocupa el mismo espacio que este, pero que de algún modo es diferente. Y, aunque ese mundo mejor sea difícil de encontrar, está tan cerca de mí como el aire frente a mi rostro.

So He Looked Like Dad. It Was Just Dinner, Right?

By Abby Sher

THERE was this professor named Andrew who studied artificial intelligence. He was very handsome, in a professorial way. He wore gray turtleneck sweaters and smelled like mint aftershave and old books. He was 55 and recently divorced for the second time. He was my father.
He wasn’t really my father. My father died when I was 11. But Andrew was handsome like my father. He whistled like my father. He had sideburns with little touches of silver, like my father. And he was the only other person besides my father who ever called me by my full name, Abigail. It means father’s joy. People usually just call me Abby.
The first time I saw Andrew was at a staff meeting. I don’t know exactly why I was at the meeting. I was working for the university’s research lab as a “content specialist.” My job was mostly copying papers about studies on brain activity. On busy days I collated and stapled.
During the meeting I watched Andrew lean back in his chair. His eyes were dark gray, like his sweater. He was biting his lower lip and listening intently. He looked like a little boy and a grown man at the same time. He glanced up and caught me staring at him. He smiled.
The next day I saw him by the copy machine. He was walking back into his office. His door was open, and there was classical music playing softly, because he was a professor. The light that spilled from his doorway was warm, and I could hear him humming along with a violin. I wanted a reason to go inside, to see his desk, his books. Maybe he had a potted plant? Framed pictures of his past?
Later that week I saw him at the coffee shop in the basement of our office building. He had a large coffee and large hands. I said hello.
He said, “Abigail, right?”
“Yes.”
We just stared at each other. He looked like he might leave, so I said: “Oh wow! You like coffee? I like coffee too.”
He laughed. He had a soft laugh. His teeth were strong looking.
Pretty soon I was going to that copier by Andrew’s office all the time. Often I had nothing to copy, so I would make copies of my driver’s license, and then make copies of the copy. By the fifth copy my face was just two eyes peeking out of a blizzard.
One day, when I was standing by his door, copying my hand, Andrew came out and stood next to me.
“Do you like duck?” he asked.
“Hmmm, duck,” I said. “Who doesn’t like duck?”
“So would you like to have dinner sometime?”
We made plans for the next Tuesday.
Tuesday afternoon I went into his office when he was out and wrote my address on a scrap of paper. I left it by his daily planner. Notes are cute when you still have braces and are just discovering lip gloss and boys. Notes are different when you’re leaving them on a mahogany desk with an ashtray and a glass paperweight. I folded my note tightly and wrote “Andrew” in script on the front. Then I made sure the hall was empty before I walked out of his office.
I was living with my best friend, Tami. We lived above an all-night diner and had plans to write a movie together. We were supposed to tell each other everything. That’s what best friends do. But I didn’t want to tell her about Andrew. I thought there was something ugly about it.
I had told her vaguely about having had an interesting conversation with an older professor at work who studied robots. She said he sounded cool. Then I told her I might get dinner with him some time. She said that sounded creepy. So when I got home from work on Tuesday, I tried to get changed and out the door before Tami came home.
I put on my blue velour pants and picked out an eggshell-colored sweater that clung to my chest. My father had never seen me developed. I was still confused and embarrassed by my new tufts of hair and the sour smell in my armpits the summer he died. I stared at my reflection in the mirror. The whole thing didn’t make much more sense to me now, at 21.
The door opened as I was putting on eye shadow.
“I got all the leftover pastries,” Tami said. She worked at a coffee shop. That’s where our movie would probably take place, so we thought of it as a research position. She looked at me. “What are you doing, Abby?”
“I told you. I’m having dinner with that professor guy.”
“You said you might go out sometime. You didn’t say you were going out.”
“It’s nothing big.”
“It’s a date.”
“It is not.”
“Then why are you wearing eye shadow?”
“I’m starting a new habit.”
“It’s a date, Abby.”
“It’s not a date. It’s a Tuesday night.”
Her voice got high and loud: “He’s 30 years older than you. He could be your dad.”
I got even louder: “Shut up! We’re just going to have duck.”
Andrew picked me up in his navy blue Saab. It had leather seats with coils that warmed you in the winter. Andrew asked if I was warm enough, and I said yes. He dodged every pothole, swinging through a series of turns with only one palm on the wheel. We stopped at a light. He turned and looked at me. I did a fake sneeze to avoid making eye contact.
“You look sensational,” he hollered over the classical music. He patted my knee. It didn’t matter that it was a Tuesday night. This was a date.
WE arrived at Andrew’s building and got in the elevator. There were mirrors on all sides, so I decided to look at my feet. Andrew lived on the 14th floor in a beautiful apartment with tulips rising from tall, clear vases and the lights of the city blinking through the windows. Everything was on but turned down low, so the violins playing and the duck sizzling and the tulips tuliping would all mind their own business while we got to know each other.
I hopped up on one of his marble counters as those cute girls do in sitcoms. Andrew handed me a cracker with Brie on it. He lifted it to my lips and leaned in so close that my breath got caught under my ribs. I didn’t want him that close, so I shoved the cracker into my mouth and said: “Mmmm. So what are we having besides duck?” Pieces of cracker flew out of my mouth.
Andrew laughed. “You’ll see.” He kissed my neck quickly. Then he went back to stirring something in a pot.
We had slim glasses of chilled white wine, and I stayed on the counter while Andrew cooked. I watched the back of his neck where his dark hair faded into his pink skin. He turned around and had me taste the orange-honey glaze. His eyes focused on my mouth as my lips covered the spoon, and I knew we were here in this moment for completely different reasons. I vowed to eat dinner and then ask him to take me home.
We had duck with steamed broccoli and creamy risotto that melted on my tongue. We talked about artificial intelligence and the role of pattern recognition in early education. When I stood up to clear the table, the floor wobbled. I concentrated on walking carefully to the sink and started rinsing off the dishes. That had always been my job at home. But Andrew shut off the water and asked me if I wanted dessert.
He had an espresso machine and said he wanted to show off. So I said I’d take a cappuccino, and then I excused myself to go to the bathroom.
I looked at the girl in the mirror and said: “Calm down. I’m going home.”
Then I heard Andrew: “Come here! I want you to hear this CD.”
He wasn’t making coffee after all. He was in the bedroom, lying on the bed. He’d taken his shoes off and wore tan old-man’s socks that were embroidered with tiny golf clubs. He was looking at the ceiling and listening to something so sad on his stereo. It sounded like a cello crying.
“Schumann wrote this for his wife before he went mad,” he said. Then he held out his hand.
I stayed in the doorway. “I need to go home now.”
“Really?”
“Yes.”
“I promise I’ll take you home,” he said. “Just listen to this one piece.”
He waited for me to take his hand. I did.
I lay on the bed next to him; he put his arm over me and we sort of spooned. He had a gray comforter. He was a gray comforter. He was my father. And we listened to that piece Schumann wrote for his wife. The whole thing. I loved being pressed into that moment, with his breath tickling my ear, still sweet with wine and orange and honey. I stared out his window at the lights from the downtown Y.M.C.A. and I tried to hear only that moaning cello and to see only the light and dark of the night sky.
When the music stopped, Andrew whispered into my hair, “What do you want to do now?”
I wanted to have him hold me and count all the faces in the moon. Or tell me the story of how I first learned to use chopsticks when we ate noodle soup at Rockefeller Center. I closed my eyes and imagined him sitting in his maroon easy chair, his potbelly almost touching his knee. I listened for his boom-skedada-boom-skedada one-man jazz band.
But that moment had already happened 10 years before. And Andrew didn’t have my dad’s potbelly and didn’t smell like cocktail onions and Tums, and I wasn’t his little girl, and this wasn’t my home.
I was 21 years old. Not a little girl at all.
So I said, “Please take me home now.”
I felt him sigh as he rolled away from me and put his feet on the floor.
“Okey-doke,” he said. He stood up and turned his stereo off. There was nothing more to say.
And so Andrew took me home.

DJ’s Homeless Mommy

By Dan Savage

There was no guarantee that doing an open adoption would get us a baby any faster than doing a closed or foreign adoption. In fact, our agency warned us that, as a gay male couple, we might be in for a long wait. This point was driven home when both birth mothers who spoke at the two-day open adoption seminar we were required to attend said that finding “good, Christian homes” for their babies was their first concern.
But we decided to go ahead and try to do an open adoption anyway. If we became parents, we wanted our child’s biological parents to be a part of his life.
As it turns out we didn’t have to wait long. A few weeks after our paperwork was done, we got a call from the agency. A 19-year-old homeless street kid — homeless by choice and seven months pregnant by accident — had selected us from the agency’s pool of screened parent wannabes. The day we met her the agency suggested all three of us go out for lunch — well, four of us if you count Wish, her German shepherd, five if you count the baby she was carrying.
We were bursting with touchy-feely questions, but she was wary, only interested in the facts: she knew who the father was but not where he was, and she couldn’t bring up her baby on the streets by herself. That left adoption. And she was willing to jump through the agency’s hoops — which included weekly counseling sessions and a few meetings with us — because she wanted to do an open adoption, too.
We were with her when DJ was born. And we were in her hospital room two days later when it was time for her to give him up. Before we could take DJ home we literally had to take him from his mother’s arms as she sat sobbing in her bed.
I was 33 when we adopted DJ, and I thought I knew what a broken heart looked like, how it felt, but I didn’t know anything. You know what a broken heart looks like? Like a sobbing teenager handing over a two-day-old infant she can’t take care of to a couple she hopes can.
Ask a couple hoping to adopt what they want most in the world, and they’ll tell you there’s only one thing on earth they want: a healthy baby. But many couples want something more. They want their child’s biological parents to disappear so there will never be any question about who their child’s “real” parents are. The biological parents showing up on their doorstep, lawyers in tow, demanding their kid back is the nightmare of all adoptive parents, endlessly discussed in adoption chat rooms and during adoption seminars.
But it seemed to us that all adopted kids eventually want to know why they were adopted, and sooner or later they start asking questions. “Didn’t they love me?” “Why did they throw me away?” In cases of closed adoptions there’s not a lot the adoptive parents can say. Fact is, they don’t know the answers. We did.
Like most homeless street kids, our son’s mother works a national circuit. Portland or Seattle in the summer. Denver, Minneapolis, Chicago and New York in the late summer and early fall. Phoenix, Las Vegas or Los Angeles in the winter and spring. Then she hitchhikes or rides the rails back up to Portland, where she’s from, and starts all over again.
For the first few years after we adopted DJ his mother made a point of coming up to Seattle during the summer so we could get together. When she wasn’t in Seattle she kept in touch by phone. Her calls were usually short. She would ask how we were, we’d ask her the same, then we’d put DJ on the phone. She didn’t gush. He didn’t know what to say. But it was important to DJ that his mother called.
When DJ was 3, his mother stopped calling regularly and visiting. When she did call, it was usually with disturbing news. One time her boyfriend died of alcohol poisoning. They were sleeping on a sidewalk in New Orleans, and when she woke up he was dead. Another time she called after her next boyfriend started using heroin again. Soon the calls stopped, and we began to worry about whether she was alive or dead. After six months with no contact I started calling hospitals. Then morgues.
When DJ’s fourth birthday came and went without a call, I was convinced that something had happened to her on the road or in a train yard somewhere. She had to be dead.
I was tearing down the wallpaper in an extra bedroom one night shortly after DJ turned 4. His best friend, a boy named Haven, had spent the night, and after Haven’s mother picked him up, DJ dragged a chair into the room and watched as I pulled wallpaper down in strips.
“Haven has a mommy,” he suddenly said, “and I have a mommy.”
“That’s right,” I responded.
He went on: “I came out of my mommy’s tummy. I play with my mommy in the park.” Then he looked at me and asked, “When will I see my mommy again?”
“This summer,” I said, hoping it wasn’t a lie. It was April, and we hadn’t heard from DJ’s mother since September. “We’ll see her in the park, just like last summer.”
We didn’t see her in the summer. Or in the fall or spring. I wasn’t sure what to tell DJ. We knew that she hadn’t thrown him away and that she loved him. We also knew that she wasn’t calling and could be dead. I was convinced she was dead. But dead or alive, we weren’t sure how to handle the issue with DJ. Which two-by-four to hit him with? That his mother was in all likelihood dead? Or that she was out there somewhere but didn’t care enough to come by or call?
And soon he would be asking more complicated questions. What if he wanted to know why his mother didn’t love him enough to take care of herself? So she could live long enough to be there for him? So she could tell him herself how much she loved him when he was old enough to remember her and to know what love means?
My partner and I discussed these issues late at night when DJ was in bed, thankful for each day that passed without having the issue of his missing mother come up. We knew we wouldn’t be able to avoid or finesse it after another summer arrived in Seattle. As the weeks ticked away, we admitted that those closed adoptions we’d frowned upon were starting to look pretty good. Instead of being a mystery his mother was a mass of distressing specifics. And instead of dealing with his birth parents’ specifics at, say, 18 or 21, as many adopted children do, he would have to deal with them at 4 or 5.
HE was already beginning to deal with them. The last time she visited, when DJ was 3, he wanted to know why his mother smelled so terrible. We were taken aback and answered without thinking it through. We explained that since she doesn’t have a home she isn’t able to bathe often or wash her clothes.
We realized we screwed up even before DJ started to freak. What could be more terrifying to a child than the idea of not having a home? Telling him that his mother chose to live on the streets, that for her the streets were home, didn’t cut it. For months DJ insisted that his mother was just going to have to come live with us. We had a bathroom, a washing machine. She could sleep in the guest bedroom. When grandma came to visit, she could sleep in his bed and he would sleep on the floor.
We did hear from DJ’s mother again, 14 months after she disappeared, when she called from Portland. She wasn’t dead. She’d lost track of time and didn’t make it up to Seattle before it got too cold and wet. And whenever she thought about calling, it was too late or she was too drunk. When she told me she’d reached the point where she got sick when she didn’t drink, I gently suggested that maybe it was time to get off the streets, stop drinking and using drugs and think about her future. I could hear her rolling her eyes.
She’d chosen us over all the straight couples, she said, because we didn’t look old enough to be her parents. She didn’t want us to start acting like her parents now. She would get off the streets when she was ready. She wasn’t angry and didn’t raise her voice. She just wanted to make sure we understood each other.
DJ was happy to hear from his mother, and the 14 months without a call or a visit were forgotten. We went down to Portland to see her, she apologized to DJ in person, we took some pictures, and she promised not to disappear again.
We didn’t hear from her for another year. This time when she called she wasn’t drunk. She was in prison, charged with assault. She’d been in prison before for short stretches, picked up on vagrancy and trespassing charges. But this time was different. She needed our help. Or her dog did.
Her boyfriends and traveling companions were always vanishing, but her dog, Wish, was the one constant presence in her life. Having a large dog complicates hitchhiking and hopping trains, but DJ’s mother is a petite woman, and her dog offers her protection. And love.
Late one night in New Orleans, she told us from a noisy common room in the jail, she got into an argument with another homeless person. He lunged at her, and Wish bit him. She was calling, she said, because it didn’t look as if she would get out of prison before the pound put Wish down. She was distraught. We had to help her save Wish, she begged. She was crying, the first time I’d heard her cry since that day in the hospital six years before.
Five weeks and $1,600 later, we had managed not only to save Wish but also to get DJ’s mother out and the charges dropped. When we talked on the phone, I urged her to move on to someplace else. I found out three months later that she’d taken my advice. She was calling from a jail in Virginia, where she’d been arrested for trespassing at a train yard. She was calling to say hello to DJ.
I’ve heard people say that choosing to live on the streets is a kind of slow-motion suicide. Having known DJ’s mother for seven years now, I’d say that’s accurate. Everything she does seems to court danger. I’ve lost track of the number of her friends and boyfriends who have died of overdoses, alcohol poisoning and hypothermia.
As DJ gets older, he is getting a more accurate picture of his mother, but so far it doesn’t seem to be an issue for him. He loves her. A photo of a family reunion we attended isn’t complete, he insisted, because his mother wasn’t in it. He wants to see her “even if she smells,” he said. We’re looking forward to seeing her, too. But I’m tired.
NOW for the may-God-rip-off-my-fingers-before-I-type-this part of the essay: I’m starting to get anxious for this slo-mo suicide to end, whatever that end looks like. I’d prefer that it end with DJ’s mother off the streets in an apartment somewhere, pulling her life together. But as she gets older that resolution is getting harder to picture.
A lot of people who self-destruct don’t think twice about destroying their children in the process. Maybe DJ’s mother knew she was going to self-destruct and wanted to make sure her child wouldn’t get hurt. She left him somewhere safe, with parents she chose for him, even though it broke her heart to give him away, because she knew that if he were close, she would hurt him, too.
Sometimes I wonder if this answer will be good enough for DJ when he asks us why his mother couldn’t hold it together just enough to stay in the world for him. I kind of doubt it.

The Race Grows Sweeter Near Its Final Lap

By Eve Pell

Sam and I dated for two years. Then, when I turned 70 and he 80, we had a joint 150th birthday party and announced our engagement. We married a year later.
We came from very different backgrounds. Sam, a Japanese-American who had been interned in the camps during World War II, worked his way through college and was happily married to his Japanese-American wife for more than 40 years until her death. I grew up as a fox-hunting debutante whose colonial New York ancestors were lords of the manor of Pelham. Typical of my much-married family, I had been divorced twice.
We belonged to the same San Francisco-area running club. He was a rarity — a charming, fit, single man of 77. I wanted to get to know him better.
I devised a plan. Our mutual friend Janet had in her house a small movie theater that seated about a dozen people; she often had parties there. I called her. “This is very seventh grade,” I began. “But I’d like you to invite Sam to one of your screenings. I’ll come to any movie he’s coming to.”
Soon after, she called. “He’s coming on Thursday.”
There were 8 or 10 of us there that evening. After the movie, as we were all standing around and chatting, someone mentioned “The Motorcycle Diaries,” a new film about Che Guevara.
“I’d like to see that,” I said.
“I would too,” Sam said. Short pause. I held my breath. He looked at me. “Would you like to go?”
Squelching the urge to high-five Janet, I said yes. We set a date for the following week; he’d meet me at the theater. But when the day came, our movie was sold out.
What to do? We looked at what else was playing and chose “Sideways.” I have only a vague memory of some plot about men and wine, but a sharp memory of sitting next to Sam. And when “Sideways” was over, we decided that since we hadn’t met our objective, we’d see “The Motorcycle Diaries” another day.
Sam and I began running together. Early on, however, I was faced with a dilemma. At a half-marathon in Humboldt County, he went out fast and was way ahead. But as the miles went by, I crept closer and closer and I could see, from the way he was running, that I had more energy left. What to do? Should I beat him and risk his being resentful? Some men really hate being bested by a woman.
I could slow down and let him beat me, but that would be patronizing to him and make me resentful. Then I thought, “If he gets annoyed that I ran faster, he’s not the man for me.” So I sped up, patted him on the behind, and said, “Come on!” I ran on to the finish and, as it happened, he couldn’t keep up. But I needn’t have worried. Sam didn’t get upset — in fact, he seemed pleased I had run well. And so we grew together.
Sam and I often ate at Chinese restaurants where I received some fortune cookies that truly lived up to their name. Two of my favorites:
“Persevere with your plans and you will marry your love.”
“Stop searching forever. Happiness is just next to you.”
One evening at the movies, after we had been seeing each other for several weeks, I felt his hand on mine. If I close my eyes and concentrate, I can recapture the moment: the dark of the theater, the warmth of his hand, my happiness. One might not expect an old grandmother to feel a surge of romance, but I did, and I knew that his reaching out was a brave gesture. I reciprocated, inviting him in for tea when he took me home. I have a narrow, uncomfortable sofa in my living room, poorly designed for intimacy, but nevertheless that was where we sat, and that was where we kissed before he went home.
There was a complication: I could feel that Sam was conflicted about our budding relationship because of his loyalty to his wife, Betty, who had died six years before. In my younger years I would have felt competitive, as if his love for her meant less for me. Now I knew differently, and one night I spoke my mind.
“I know that you loved Betty very much, and I have great respect for your marriage,” I began. “But I think you have room in your heart for me, too.”
He hugged me and went home.
Several days later he asked, “Are you going to run the 5K in Carmel next week?”
“Yes.”
“Would you like to go together?”
“Yes.” I had no idea what he had in mind, but that became clear a few days later. We were talking after a run; Sam looked bashfully down at his shoes as he said: “I have made a reservation in Carmel for a room with one bed. Is that O.K.?” It was.
I realized that the last time he had been dating was in the early 1950s, before his marriage, and he had entirely missed the change in customs of the ’60s and ’70s. When he began staying over at my house, he always stopped the newspaper at his house so the neighbors wouldn’t know what was going on. But for all his adherence to decorum, he was a true romantic.
A few months later, when we were both in Europe on separate trips, we met in Barcelona. This was a leap. Traveling together in a foreign country would be a more exacting test of our relationship than our jaunts to movies and races. But in this, as in almost everything else, Sam was perfect. When I arrived at our hotel, he was there with wine, chocolates and flowers. For all our anxiety about traveling together, we meshed. On the flight home, Sam declared, “We must never travel separately again.”
From then on, we were well and truly together. We had few outside pressures: He was retired with a comfortable pension; I was a freelance writer with an outside income; our middle-aged children were on their own. We had nothing to do but love each other and be happy. Sam and I did things younger people do — we ran and raced, we fell in love and traveled and remodeled a house and got married.
After the ceremony, we flew to Hawaii. “You must never call this a honeymoon,” he told me. “That way no one can ever say that the honeymoon is over.”
We traveled to Italy to compete in the 2007 World Masters Athletics Championships (what I fondly call “The Geriatric Olympics”), where we both won gold medals in our respective age brackets: 70 to 74 for me and 80 to 84 for Sam. At home, we planted a garden; I finished writing a memoir. Every morning we did push-ups; every evening we sat on the rim of our bathtub and flossed our teeth. He called me “sweetheart.” He never forgot an anniversary, including our first movie date. I gave him flowers on Betty’s birthday.
OLD LOVE is different. In our 70s and 80s, we had been through enough of life’s ups and downs to know who we were, and we had learned to compromise. We knew something about death because we had seen loved ones die. The finish line was drawing closer. Why not have one last blossoming of the heart?
I was no longer so pretty, but I was not so neurotic either. I had survived loss and mistakes and ill-considered decisions; if this relationship failed, I’d survive that too. And unlike other men I’d been with, Sam was a grown-up, unafraid of intimacy, who joyfully explored what life had to offer. We followed our hearts and gambled, and for a few years we had a bit of heaven on earth.
Then one day the tear duct in Sam’s right eye didn’t work, and soon his eye began to bulge. One misdiagnosis and failed treatment followed another until there was a biopsy. A week later his doctor called to say Sam had stage 4 cancer that he would not survive.
There was the agony of Sam’s fight to live, which he waged with grace and courage. Desperate to lessen his suffering, I learned to give hospital nurses $20 Starbucks cards to get special care for him. Every day I brought him bowls of his favorite watermelon balls. But one morning he couldn’t eat even those, and a few hours later he died.
Not only was I happy during my short years with Sam, I knew I was happy. I had one of the most precious blessings available to human beings — real love. I went for it and found it.
I yearn desperately for Sam. But the current pain is very worth it. He and I often told each other, “We are so lucky.” And we were. Young love, even for old people, can be surprisingly bountiful.


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