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Mi opinión no demandada – Los smartwatch infantiles

Pequeña reflexión en torno a los smartwatch y localizadores gps  infantiles. 

¿Se me podrá acusar de tecnofobia? Tendrás que escuchar el podcast.

Este podcast es una opinión personal, y como tal, es posible que esté  equivocada.

No me tomes demasiado en serio… yo no lo hago de mí mismo. 

El artículo al que hago referencia al inicio del vídeo: https://www.elmundo.es/navegante/2002/08/13/empresas/1029229785.html

Transcripción del programa

Seguramente con una búsqueda más exhaustiva, logramos datos más fiables, pero si filtramos por años se puede encontrar en google una noticia de la revista navegante.com asociada a el diario El Mundo, de agosto de 2002 en la que hablan de un reloj localizador infantil con un coste de 400$ más 25$ al mes de mantenimiento en el que prometen que las familias podrán saber dónde están sus criaturas en todo momento, salvo que se quiten el dispositivo, cosa que también es capaz de detectar.

En 2002, un momento donde el Nokia 3310 capaz de lanzar y recibir llamadas y mensajes de texto en la red 2G, y en el que podías jugar al juego de la serpiente, llevaba sólo 2 años en el mercado y era el sueño húmedo de quienes éramos más o menos independientes por aquella época… el dispositivo localizador era algo que nadie había pedido, pero ya había alguna empresa queriendo plantar la bandera de ser la primera en conquistar aquel territorio.

Las familias de 2002 eran reacias a ceder ante las demandas de sus adolescentes que solicitaban su teléfono móvil como regalo de Navidad, yo mismo tuve mi primer móvil con 19 años, y porque estaba viviendo en otra ciudad por estudios. Por lo tanto ni querían oír hablar de poner un localizador a sus hijos como si fueran unos delincuentes. Si en un descuido se perdían de vista iban aleccionados de quedarse en el sitio donde estaban para ser fácilmente encontrados, o buscar a la policía, o entrar a una tienda y decir que se habían perdido y que llamaran al teléfono de casa, un número que se enseñaba de memoria. Si son capaces de aprenderse 150 nombres de Pokémon, son capaces de aprender 9 números.

20 años más tarde, a fuerza de que las empresas de cachivaches tecnológicos implanten continuamente la idea de que vivimos en un mundo terrible donde los peligros se esconden tras cada esquina, a pesar de estar viviendo en uno de los momentos más seguros de la historia de la humanidad, en uno de los países más seguros del planeta, las familias tienen miedo de encargar a niñas y niños de 10 años a que vayan a comprar el pan a la tienda del barrio, o que vayan y vengan al colegio aunque sólo tengan que cruzar dos o tres calles, muchas veces reguladas por semáforos o incluso presencia de la guardia urbana.

Mirad una entrada o salida de un instituto cualquiera y contar cuantas familias están esperando en los coches para recoger a adolescentes de entre 12 y 18 años. Y no me refiero a colegios de entornos rurales, me refiero a institutos de secundaria en ciudades con conexiones de autobús cada 5 minutos y transporte urbano casi gratuito para escolares.

Las familias tenemos miedo de que se nos pierdan, se retrasen, les pase algo, en una ciudad absolutamente pacífica y sin apenas accidentes de tráfico si atendemos a los datos oficiales, a plena luz del día, yendo en grupo entre las 8 de la mañana y las 3 del mediodía.

O tenemos miedo de que se pierdan en un parque infantil que habitualmente está rodeado por una valla con cientos de ojos mirando.

Mi madre me cuenta que cuando yo tenía 3 años estuvieron a punto de “robarme” en Madrid cuando entró a comprar el pan a un despacho tan pequeño que me tuvo que dejar en la calle con el carro, y cuando se dio cuenta tuvo que salir corriendo porque “un señor” se me estaba llevando. Pero eso ocurrió en el año 1982 en Madrid. Entonces pasaba, no era frecuente, pero pasaba. ¿Cuándo fue la última vez que vimos en las noticias el suceso de un caso similar? ¿Está justificada la paranoia? ¿Poner un localizador nos salvaría de un caso parecido? ¿Alguna vez te han robado el móvil y lo has recuperado usando el sistema de localización que hoy en día todos llevan? Quienes roban lo primero que hacen es desactivar el localizador, por lo que ese seguro es inútil.
Otra cosa es el tema de la pérdida, pero ¿cuándo ha sido la última vez que se ha perdido una niña o un niño y ha pasado más de 2 ó 3 horas sin ser encontrado? Los eventos públicos cuentan con personal y lugares de encuentro que se encargan de estas cosas. Hace dos semanas acudí con mi familia a un concierto de Pascu y Rodri, los de Destripando la Historia, y a la entrada las familias rellenamos un documento con nuestro número de teléfono y nos repartieron unas pulseras para poner localizarnos en caso de pérdida.
¿Se me puede acusar de tecnofóbia? Se me puede acusar de ello, pero creo que no tendría base para ello. Lo que quiero decir es que los dispositivos de localización sólo consiguen alimentar nuestro miedo, que creamos que el mundo es terrible y que no estamos preparados para sobrevivir. Nos inoculan una fuente de ansiedad que como no existe en la realidad, tampoco se puede luchar contra ella. Es un fantasma. Y como por mucho que luchemos, no desaparece, lo que hacemos es luchar con más ahínco, y de aquellos barros del terror a la pérdida de control, estos lodos de la hiperparentalidad, las familias helicóptero, los padres y madres “agenda”, tigres y tigresas y los entornos hiperexigentes que someten a la nueva generación a una presión absurda a la vez que sobreprotegen de cualquier mal que pueda dañar sus delicadas alas de mariposa. Pero no por el deseo altruista de que desarrollen todo su potencial, sino por miedo a que no puedan hacerlo.

Es más, el hecho de disponer de herramientas que nos “descarguen” de esa tarea de protección y acompañamiento educativo, hace que bajemos la guardia en los grandes temas. Es invertir en “el chocolate del loro”, frase que quiere decir que la inversión es inútil porque los loros no comen chocolate. Deberíamos estar preocupados en ofrecer retos asumibles que desarrollen sus potencialidades en un entorno seguro pero desafiante. En estar ahí cuando se equivoquen para recoger los trozos y poder recomponernos, con la lección aprendida. En generar un entorno seguro para que cuando “ahí fuera” alguien les haga daño, puedan volver corriendo y “acogerse a sagrado”, llorar y volver a salir a seguir guerreando con la vida. Una vida que no tiene red de seguridad, es cierto, pero tampoco es una trampa mortal.

O podemos comprar un smartwatch con GPS, 5G y cámara de fotos para que vean la realidad a través de un mapa o una pantalla o un smartphone con videojuegos y acceso a internet, con sus claroscuros, para que se distraigan de la vida real con una falsa sensación de protección… la misma, la misma, que tenía la rosa de El Principito con su biombo.


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