Acoso escolar – Mi opinión no demandada

Mi opinión sobre el acoso escolar, por qué la prevención no funciona y dónde deberíamos centrar los esfuerzos.

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Texto íntegro del podcast y vídeo:

Se ha estrenado la cuarta temporada de Stranger Things, y seguimos acompañando a la chavalada friki de Hawkins en sus aventuras contra lo natural y lo sobrenatural. En esta ocasión, además tenemos esa doble historia en el pueblito del corazón de la América rural y la sobadísima California, un entorno al que los occidentales no americanos estamos acostumbrados, aunque sea porque el 80% de las series para adolescentes que nos llegan de los USA se desarrollan allí. El porcentaje es, por supuesto, inventado.

Pues bien, sin entrar en detalles por si queréis verla, y porque en realidad es sólo con fines ilustrativos, volvemos a tener una escena de acoso escolar en el instituto. La típica situación en la que el grupito popular humilla públicamente a quien es protagonista de esta historia y con quien debemos sentir empatía.

Todo esto, como siempre en medio de una multitud que observa impasible, cuando no divertida, la terrible escena. Ningún miembro del profesorado presente, como también es habitual.

En esta ocasión, al menos, cuando ya ha acabado todo, y atraída por los gritos de la multitud, acude la tutora y, tras preguntar ¿qué ha pasado? Observa la situación, se da cuenta de lo obvio, y se lleva al grupo agresor a dirección mientras la persona agredida intenta recomponerse con la única ayuda de quien le acompaña. El resto se da media vuelta y sigue con su vida. Menos mal que Stranger Things está ambientada en los 80 y aun no hay móviles que puedan grabar la escena y viralizar su contenido, persiguiendo a la víctima incluso cuando acaba la jornada escolar durante meses, como ocurre actualmente.

¿Cuántas veces hemos visto esta escena en la ficción? ¿Cientos? ¿Miles de veces?

¿Qué se pretende al incluir esta escena? ¿Sensibilizar contra el acoso? ¿Contar una historia que es normal e inevitable pero que funciona estupendamente como motor narrativo? ¿Denunciar las actitudes pasivas que perpetúan el acoso? ¿Mostrar esperanza a quienes sobreviven a duras jornadas escolares trufadas de empujones e insultos?

¿Cuántos años y recursos económicos hemos gastado en prevenir el acoso escolar? ¿Qué resultados hemos obtenido? ¿Dónde están esos datos, a ver, que yo los vea?

Stranger Things es una historia ambientada en los años 80 de unos Estados Unidos de America donde suceden eventos sobrenaturales. Y quiero contar algo sobre otra serie parecida.

Historias del Bucle es una serie de historias ambientadas en los años 90 que transcurren en un pueblo situado sobre un gran acelerador de partículas que ha permitido un desarrollo tecnológico increíble. Hay robots que ayudan en las tareas domésticas, máquinas capaces de parar el tiempo para todos excepto para quien ha activado la máquina, o dispositivos capaces de acceder a otras dimensiones. Esta serie que podéis encontrar en Prime Video, la plataforma de Amazon, está basada en los libros de ilustraciones de Simon Stålenhag, y son una maravilla artística. Y el universo que describe es tan completo que tiene incluso un juego de rol como los que vemos en la serie de Stranger Things, de los de sentarse en torno a una mesa a contar historias.

Pues bien, en ese juego de rol encarnamos a un grupo de niños que viven en el pueblo que acabo de describir, y en ese juego se establecen las típicas normas que funcionan en las películas de aventuras juveniles de los años 80 como “Los Goonies”, “Los Bicivoladores”, “ET” y que tan bien han sabido recoger en producciones más modernas como “Super-8” o la misma “Stranger Things”.

Por no entrar en detalles (si os gusta el rollo, os compráis el juego, aunque sea por la ambientación del mundo que describe, ya vale la pena) voy a hablaros de dos de esas normas que regulan el universo:

Primero:

La vida cotidiana es aburrida y despiadada. Hay que ir al instituto, hay que hacer los deberes, hay que acostarse a las 10 de la noche y hay que ir a casa de la abuela el domingo para comer paella aunque sólo haya una tele y en la sobremesa se vea la película de señores alemanes mayores que redescubren el amor. Los padres mandan, los niños se van a la habitación castigados y hay que comerse las verduras. Y, por supuesto, si se meten contigo en el colegio, la gente te va a mirar y se va a reír, eso cuando tienes suerte y no animan al agresor a que te pegue aun más duro.

Y segundo:

Los adultos os ignoran y no se enteran de nada. Los padres van y vienen a trabajar, miran el periódico, que es lo que miraban los padres antes de la invención del movil, hablan de fútbol o política o de lo grande que es el lunar de la espalda de la vecina, se cansan cuando les hablas del último Pokémon que has capturado, de la nueva película de Star Wars o de que tus amistades te está dejando de lado en favor de alguien que acaba de llegar al cole y mola muchísimo. Y en el colegio no es mejor. En un sitio que pasas más tiempo que en tu casa, quien se supone que está ahí para ayudarte, cuidarte y acompañarte, entra y sale del aula como un cascarón vacío y sin alma, te tiene manía, no sabe explicar, mira hacia otro lado cuando están poniéndote un chicle en tu silla o robándote el almuerzo, cree a quien te acusa de haber sido tú quien ha tirado el papel al suelo, minimiza la situación diciendo que “son cosas de niños” y “tienes que resolver tus propios problemas” o directamente se suma a la situación de acoso y, para una persona que está ahí de forma incondicional y te escucha cuando lo necesitas, se acaba de coger una baja de ansiedad porque en sus tutorías se burlan y le ponen trampas en la mesa, cuando no directamente las familias han hecho un complot para cargársela. Estos dos últimos ejemplos son casos reales sacados de mi consulta.

Pues bien. Soy de los que piensan que las situaciones de acoso escolar, y por extensión, acoso laboral y nuestra vida cotidiana, son inevitables. La ficción lo que hace es cristalizar una realidad. Está en nuestra naturaleza humana. Somos tribales, hay liderazgos y para ejercer esos liderazgos hay que someter al grupo. Lo que tenemos que hacer como sociedad consciente de que todos sus miembros tienen los mismos derechos y que los liderazgos tienen que ser legítimos, no tomados por la fuerza, es cuidar de que se cumplan las normas sociales, que sirven para dinamizar la sociedad y cuidar de todos sus miembros, especialmente los que más lo necesitan.

Años y años de gastar barbaridades de recursos económicos, materiales y personales para acabar con unas situaciones de acoso que están lejos de desaparecer debería de enseñarnos que el camino está en invertir en aumentar las dotaciones de cuidado, protección y acompañamiento, para detectar su aparición e intervenir cuando se produzcan. Y por supuesto también dotar a dichos recursos personales de la legitimidad que necesitan para ejercer ese control. El profesorado debería ser intocable, por parte del alumnado, por supuesto, pero también por parte de las familias. Durante el horario escolar, los colegios e institutos son los responsables legales del bienestar del alumnado, y para poder ejercer de forma efectiva esa protección deberían de ser absolutamente libres. Está claro que en todos los pueblos hay idiotas, pero para eso hay sistemas de control interno y externo.

En mi pueblo se dice que “de pequeñico se endereza el arbolico”, pero para poder hacer crecer un árbol recto, necesitamos un buen tutor, que es así como se llama al palo donde se ata la tomatera.

Esta ha sido, mi opinión no demandada. Soy Josevi Baeza. Muchas gracias por escucharme.


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